Tuve una sensación de rendimiento que nunca sentí. Me resultaba insoportable lidiar con la idea de que mi cuerpo pesara más de lo que yo podía sostener. Sumado a la tortuosa carga de ese tablón. Quién me manda? Cómo se filtra una ola con ese bodoque? Me paralizaba la velocidad que agarraba el tablón. Una ola que no podía medir más de cincuenta centímetros. Cada intento fallido significaba una lucha interminable para no tragarme medio mar. Y cuando recobraba el sentido y la orientación, el agua me llegaba a la cintura. Trataba de llegar con la tabla hasta donde estaba mi hermano, campante, el todo un dios iluminado por el rayo del sol matutino en la espalda.

Esa mañana, tiré la tabla con una voluntad inquebrantable, esperando que se fuese bien lejos, no la moví ni 10 centímetros. Ofuscada me fui a donde estaban nuestras cosas. Si mi hermano me preguntara, negaría todo: no, no es cierto, tampoco, eso tampoco. Y cuando mi mamá me preguntase, haría lo mismo: no, para nada, no hice eso. No, eso tampoco.