Hubiera preferido dormir todo el viaje hasta Hermosillo, pero Robert es una catástrofe natural: sus movimientos, su tono de voz, lo que dice, lo que omite. Es un volcán a punto de estallar, una bomba de tiempo. La noche estaba espléndida y corría un viento formidable. Bajé la ventanilla porque prefiero el viento en la cara. El aire acondicionado me hace picar la garganta. Me dijo que aproveche antes de llegar a México. Pero había una fila interminable de camiones y autos. “¿Estás preparada?”. Me estaba preparando desde el día que entré y aunque no tenía muy claro si realmente lo había logrado en mi cabeza sonó un rotundo sí.

Lo cierto es que es difícil, cuando no imposible, estar preparada para algo desconocido. Pero supongo que esas mentiras son parte del relato que me llevó hasta ahí. Mi papá nos estaba esperando. Hacía un año y medio que no nos veíamos.  Estábamos los dos haciendo lo mismo: nos escapabamos. Fuimos a comer a un Subway. Estábamos en Tucson. 

Cuando volvimos, estaba Robert esperándome. Agarré las valijas y me despedí. Casi no podía verle los ojos. Los Repetto tienen un cutis muy especial. A simple vista parece duro, con marcas como las que tienen las maderas. Las arrugas se centran todas en el contorno de los ojos. Pero al tacto, esa corteza no es dura, es blanda. Mi viejo tiene la cara de la abuela, ojos y labios finos, casi imperceptibles. Cejas tupidas y una nariz enorme. Me despedí con un abrazo enorme. Fue perfecto, un abrazo irreductible tan perfecto como ese momento.