1. La Celebracion
Ese año, como casi todos los años desde hacía más de una década, agosto volvió a abrir sus grietas.
Durante tres días, las criaturas abandonaban las Comunidades Autónomas y se reunían en las afueras de la Selva para celebrar algo que nadie explicaba del todo bien y que, sin embargo, todas entendían. No era exactamente una fiesta. Tampoco un ritual. Era más parecido a una suspensión temporal del orden. Un acuerdo colectivo para dejar de sostener ciertas formas.
Las salvajes bailaban con nobles.
Las espirituales dormían junto a neófitos.
Las mitológicas dejaban de hablar como oráculos insoportables durante unas pocas horas.
Y las fantásticas… bueno, las fantásticas generalmente atravesaban todas las frecuencias sin transición. Como un cohete atravesando la atmósfera.
Durante esos tres días no existía realmente el día ni la noche. El tiempo se volvía irregular. Los idiomas se mezclaban, las jerarquías se aflojaban y las criaturas parecían recordar algo antiguo que normalmente preferían ignorar. Se decía que agosto abría pequeñas fisuras sobre el Universo Coloidal. Que algunas criaturas entraban distintas y salían irreconocibles. Otras desaparecían por completo.
Las criaturas de la Selva eran diversas, aunque ninguna disfrutaba demasiado ser clasificada. Las salvajes, por ejemplo, insistían en que no eran salvajes, justamente porque nadie que haya roto suficientes cosas acepta fácilmente que también fue roto antes. Eran criaturas viejas, nocturnas y profundamente intuitivas. Tenían una relación conflictiva con el orden y una tendencia peligrosa a confundir destrucción con honestidad. Aun así, las demás criaturas las buscaban constantemente. Sobre todo en agosto. Sobre todo de noche.
Las mitológicas eran distintas. Arquetípicas. Sostenían estructuras enteras dentro del Universo Coloidal y hablaban como si siempre supieran algo que el resto todavía no entendía. Lo irritante era que muchas veces era cierto. Las espirituales, en cambio, habitaban la levedad. Tenían buena memoria, sensibilidad extrema para percibir frecuencias y una capacidad agotadora para encontrar significado en absolutamente todo. Algunas podían pasar seis horas interpretando un sueño ajeno y luego olvidar dónde dejaron sus zapatos.
Los neófitos parecían permanentemente jóvenes. Eran criaturas de movimiento rápido, emocionalidad intensa y decisiones pésimas. Cazaban, se enamoraban y huían con la misma facilidad. Las nobles, por otro lado, habían sido construidas para ser observadas y lamentablemente lo sabían. Mitad humanas, mitad mitológicas, habitaban el mundo con esa elegancia irritante de quienes jamás tuvieron que preguntarse demasiado cómo entrar a una habitación. Muchas criaturas desconfiaban de ellas por deporte. Otras por experiencia.
Y después estaban las fantásticas.
Volátiles.
Sensibles.
Peligrosamente permeables.
Las criaturas fantásticas podían vincularse con humanos con una facilidad que el resto consideraba sospechosa. Eran emocionales, intuitivas y profundamente inestables cuando se las alejaba demasiado tiempo de sí mismas. Se decía que, invertidas, eran lo más cercano que existía a la Oscuridad. Fairy nunca entendió del todo qué quería decir eso. Sospechaba que nadie lo entendía realmente y que aun así todas las criaturas fingían que sí para sonar interesantes.
Ese año el clima había estado particularmente hostil. Durante el día, el calor rajaba la tierra y hacía vibrar el aire sobre la selva como si el mundo entero estuviera teniendo fiebre. Por las noches el frío aparecía de golpe, filoso, obligando a las criaturas a acercarse unas a otras aunque fingieran que no era por eso.
Fairy era una criatura extraña incluso dentro de la Selva. Mestiza. Mitad fantástica, mitad salvaje. Un equilibrio particularmente incómodo. Las fantásticas querían expandirse, conectar, crear. Las salvajes querían romper estructuras, incendiar límites y desaparecer antes de tener que explicar por qué. En Fairy ambas fuerzas convivían de manera simultánea y agotadora.
Además, era un hada sin alas.
Y aunque técnicamente eso no era imposible, las criaturas seguían mirándola apenas demasiado tiempo cuando descubrían el detalle.
Había llegado a la Selva hacía cinco años, proveniente de La Otra Punta del Mundo, un territorio donde las frecuencias funcionaban invertidas y donde las criaturas aprendían primero a sobrevivir y recién después a pertenecer. Fairy todavía no estaba segura de haber aprendido ninguna de las dos cosas correctamente.
Esa noche llevaba demasiados anillos, dos pañuelos atados en los brazos y una cantidad irresponsable de brillo sobre la piel. Había bailado durante horas y tenía el cuerpo tibio, el pelo pegado al cuello y la sensación peligrosa de estar empezando a divertirse de verdad.
Prince la miro desde lejos. No de forma insistente, sino mas bien de forma precisa, como si ya hubiese decidido algo acerca de ella.
2. Panacea
Cuando Fairy llegó a la selva no tenía tribu. Tenía solamente a Neb, que en ese momento era casi lo mismo que tener una dirección provisoria donde dejar el cuerpo mientras el resto terminaba de decidir si quería quedarse. Neb también era una criatura fantástica y se habían conocido durante uno de los viajes breves y desordenados que Fairy hacía a Panacea antes de aceptar que, por alguna razón difícil de explicar, la selva la estaba llamando más de lo razonable. Neb fue el primero en entender algo importante sobre ella: Fairy siempre parecía estar a punto de irse, incluso cuando estaba quieta.
Con el tiempo conocieron a otras criaturas y formaron una tribu extraña, una de esas que no deberían funcionar y sin embargo funcionan mejor que muchas otras. Sirhc era fantástica, igual que Fairy y Neb; Dis era mitológica y tenía esa forma insoportable de hablar como si el universo le debiera explicaciones; Ipihc, espiritual, percibía los cambios de humor antes de que sucedieran; Lem y Lavuy eran neófitas, ligeras, veloces, imposibles de cansar; y Mesek, noble, mantenía siempre la misma postura impecable incluso después de beber demasiado. Lo curioso era que ninguno encajaba del todo en ningún lado. Había algo desplazado en todos ellos. Un pequeño vacío. Y quizás por eso mismo lograban sostenerse tan bien juntos. Entre todos habían aprendido que algunas criaturas no necesitan parecerse para pertenecerse.
En La Otra Punta del Mundo, de donde Fairy provenía, le habían enseñado desde pequeña que migrar no era un derecho sino una capacidad. Si quería llegar a otro territorio tenía que poder sostener el vuelo. El problema era bastante evidente: Fairy era un hada sin alas. Durante años intentó resolverlo de todas las maneras posibles. Probó pócimas, rituales, conjuros de crecimiento óseo, encantamientos de expansión muscular y hasta una pasta espantosa hecha con polvo de alas viejas que olía como humedad y fracaso. Nada funcionó. Sus alas nunca crecieron.
Al final, uno de los maestros de su comunidad —un mitológico extremadamente viejo que tenía la costumbre irritante de decir la verdad cuando nadie se la pedía— le construyó unas alas postizas. No eran perfectas. A veces crujían demasiado fuerte y otras veces se desbalanceaban cuando había mucho viento. Pero volaban. Fairy sospechaba que el maestro había sentido pena por ella, aunque él insistía en que simplemente “estaba cansado de verla golpearse contra los árboles”. Nunca supo cuál de las dos opciones le molestaba más.
Así fue como llegó a la selva. Con alas ajenas, una mochila demasiado pesada y una sensación persistente de estar ocupando un espacio que todavía no terminaba de pertenecerle. Pero Panacea tenía algo peligroso: hacía que incluso las criaturas más perdidas empezaran a echar raíces sin darse cuenta.
Prince, mientras tanto, atravesaba uno de los períodos más inestables de su vida. Aunque llevaba años en la selva y era conocido en distintas tribus, durante ese tiempo había comenzado el Cambio de Piel. Entre las criaturas, el Cambio de Piel no era solamente una transformación. Era una reorganización completa de la frecuencia. Algunas criaturas no sobrevivían emocionalmente al proceso. Otras se volvían irreconocibles después. Las pocas que lograban atravesarlo conservando coherencia eran llamadas transmutadoras.
Y Prince, claramente, estaba cambiando.
Había algo en él que parecía siempre adaptarse demasiado bien a cualquier entorno. Podía sentarse con nobles durante una cena ceremonial y una hora después estar riéndose con salvajes alrededor de una fogata mientras alguien incendiaba accidentalmente una parte del campamento. Tenía esa clase de belleza peligrosa que parecía no hacer esfuerzo alguno por ser vista y que, justamente por eso, era imposible ignorar. Prince no ocupaba espacio de manera agresiva. Lo hacía de manera gravitacional. Las criaturas giraban alrededor suyo incluso cuando él no hablaba.
Ese año había pasado la mayor parte del tiempo con una tribu compuesta principalmente por salvajes y neófitos. Elad, Noremac, Yssej, Oroz, Ogait, Yaj, Acire, Haras y Araz. Criaturas impulsivas, intensas, muchas veces destructivas. Exactamente el tipo de frecuencia que un cuerpo en Cambio de Piel necesitaba para romper estructuras viejas sin quedarse atrapado en ellas.
Su madre y su hermana vivían en la selva y eran neófitas; su padre, noble, habitaba una isla lejos de Panacea. Prince rara vez hablaba demasiado de él. Como casi todas las criaturas nobles, había aprendido desde chico que el silencio bien usado podía parecer elegancia.
La noche en que Fairy y Prince se conocieron, la Celebración ya llevaba horas latiendo. El aire estaba espeso de calor, alcohol y magia mal regulada. Algunas criaturas bailaban descalzas sobre la tierra húmeda; otras discutían teorías filosóficas como si eso fuera una actividad razonable a las tres de la mañana. Fairy había dejado a su tribu en el campamento cocinando algo que probablemente terminaría incendiándose y decidió caminar sola.
Llevaba en el bolsillo una pequeña bolsita de hongos azulados que había estado secando cuidadosamente durante semanas. Los eligió uno por uno con atención casi ceremonial antes de comerlos. Brillaban apenas bajo la luz quebrada de las fogatas. Panacea tenía esa costumbre extraña de volver hermosas incluso las cosas que podían desarmarte por dentro.
Con el cuerpo ya vibrando más liviano, Fairy comenzó a caminar entre las carpas y las criaturas hasta llegar a una zona donde todavía quedaban algunos grupos bailando. Saludó desde lejos a Enilec, a quien había conocido meses atrás, y siguió avanzando entre cuerpos, humo y música deformada por la noche.
Fue entonces cuando lo vio.
Prince estaba bailando rodeado de otras criaturas. Tenía el torso desnudo, el pelo corto enrulado, oscuro y ojos grandes. Transpiraba y sonreía.
3. El Cambio de Piel
En el Universo Coloidal, pocas cosas generan tanto respeto como el Cambio de Piel. No porque sea raro —aunque lo es— sino porque ninguna criatura vuelve exactamente igual después de atravesarlo. Algunas regresan más luminosas. Otras, más peligrosas. Y algunas no regresan del todo.
Las criaturas hablan del Cambio de Piel como si fuera un evento biológico, pero en realidad es algo mucho más difícil de explicar. No sucede solamente en el cuerpo. Sucede en la frecuencia. Es un proceso en el que la estructura vibracional de una criatura deja de sostenerse de la manera en que lo hizo hasta entonces. Las viejas formas empiezan a agrietarse. Los deseos cambian. Las percepciones se alteran. Lo que antes generaba estabilidad comienza a sentirse insoportable, y aquello que antes parecía ajeno empieza a ejercer una atracción casi magnética.
Por eso muchas criaturas le temen. Porque el Cambio de Piel no pregunta si una está preparada. Sucede igual.
En las comunidades más antiguas se decía que el Universo Coloidal estaba vivo y que, cada cierta cantidad de años, reorganizaba ciertas criaturas desde adentro para evitar que la materia quedara fija demasiado tiempo. Las mitológicas sostenían que era un mecanismo evolutivo. Las espirituales, en cambio, creían que era una respuesta del universo a frecuencias que habían permanecido demasiado reprimidas. Las salvajes simplemente decían que era “cuando el cuerpo se cansa de mentirse”.
Nadie sabía realmente quién tenía razón.
Lo único claro era que no todas las criaturas accedían al Cambio de Piel. Algunas pasaban toda su existencia vibrando de la misma manera, estables, coherentes, previsibles. Otras, en cambio, empezaban a experimentar pequeñas anomalías. Sueños demasiado intensos. Sensaciones de extrañeza frente a sus propias tribus. Cambios repentinos en el deseo. El cuerpo rechazando ciertas telas, ciertos alimentos, ciertos vínculos. Como si algo interno comenzara lentamente a desprenderse.
Las criaturas que atravesaban el Cambio de Piel tendían a volverse más sensibles a las frecuencias ajenas. Algunas podían escuchar alteraciones mínimas en el aire. Otras empezaban a modificar involuntariamente pequeños aspectos del entorno. Había casos en los que la temperatura cambiaba alrededor de ellas o en los que los encantamientos reaccionaban distinto simplemente por estar cerca.
Y también estaban los efectos menos estudiados. El deseo, por ejemplo.
Porque durante el Cambio de Piel muchas criaturas experimentaban una intensificación física difícil de controlar. El cuerpo empezaba a percibir todo de otra manera: el olor de otras criaturas, el peso de una mirada, el roce accidental de una mano, incluso el tono de ciertas voces. Había quienes se volvían completamente solitarios durante el proceso y quienes, por el contrario, buscaban contacto constante para no desintegrarse en su propia frecuencia.
Las criaturas nobles hablaban poco de esto en público, aunque eran probablemente las más afectadas.
Una vez, Dis había dicho —después de demasiado alcohol y frente a criaturas que claramente no eran las adecuadas para esa conversación— que el Cambio de Piel volvía a las criaturas “insoportablemente honestas”. Nadie entendió exactamente qué quiso decir hasta años después.
Porque durante el proceso se volvía casi imposible sostener vínculos, trabajos, tribus o versiones de una misma que ya no coincidieran con la frecuencia real del cuerpo.
Y ahí empezaban los problemas.
Muchas criaturas perdían relaciones durante el Cambio de Piel. Otras cambiaban de tribu. Algunas desaparecían por meses enteros en distintas zonas del universo intentando entender qué se estaban convirtiendo. También existían criaturas que quedaban atrapadas entre frecuencias y no lograban estabilizarse nunca más. A esas criaturas se las nombraba poco. En general porque daba miedo recordar que podía pasar.
Sin embargo, también estaban las otras.
Las transmutadoras.
Las que lograban atravesar el proceso sin romperse.
O mejor dicho: rompiéndose de una manera útil.
Las transmutadoras eran criaturas capaces de sostener múltiples estados de sí mismas sin colapsar. Podían cambiar profundamente sin perder coherencia interna. Eran raras. Magnéticas. Peligrosas. Y, según algunas teorías antiguas, necesarias para la evolución del propio Universo Coloidal. Prince estaba atravesando uno.
4. El fin de la celebracion
—¿Por qué no me sorprende encontrarte acá? —preguntó Enilec apenas la vio aparecer entre las luces deformadas de la carpa.
Fairy soltó una risa inmediata y ambas se abrazaron con esa familiaridad extraña que tienen algunas criaturas cuando se reconocen frecuentemente en estados alterados.
—Debe ser por el mismo motivo por el que a mí tampoco me sorprende encontrarte —respondió Fairy.
Enilec se separó apenas para mirarla mejor. Tenía brillo en la piel y el pelo desordenado por el calor. Parecía feliz de una forma muy específica: la clase de felicidad peligrosa que suele terminar en malas decisiones o excelentes historias.
—¿Viniste sola? —preguntó Fairy.
—Sí… bueno, no exactamente. Estoy con unas criaturas que conocí el festival pasado —dijo Enilec mientras miraba hacia algún punto detrás de Fairy—. Aunque si me preguntás quiénes son realmente, no podría responderte con demasiada precisión.
Fairy rió. Esa descripción aplicaba al setenta por ciento de las criaturas presentes.
La música seguía vibrando demasiado fuerte y el aire olía a humo, fruta fermentada y tierra húmeda. Fairy terminó bailando con criaturas que jamás había visto y probablemente no volvería a ver. En un momento intentó abrir un chupetín y descubrió, con bastante humillación, que el papel parecía tener un sistema de protección ancestral. Una criatura de pelo naranja —más tarde sabría que se llamaba Erialc— intentó ayudarla durante varios minutos con una seriedad ridícula, como si estuvieran desactivando un explosivo.
—Creo que el chupetín te está ganando —dijo Erialc.
—Creo que el chupetín me odia personalmente —contestó Fairy, todavía forcejeando con el envoltorio.
Finalmente logró abrirlo, aunque para entonces ya no estaba segura de quererlo.
El movimiento natural de la carpa terminó desplazándola hacia una esquina donde quedaron Enilec y otras dos criaturas bailando entre ellas, lejos del centro. Fue ahí donde Fairy los vio por primera vez: Prince y Elad.
El contraste le llamó la atención inmediatamente.
Elad tenía algo salvaje incluso estando quieto. Había en él una energía desprolija, como si el cuerpo todavía no hubiera decidido si quería pelear, dormir o besar a alguien. Prince, en cambio, parecía peligrosamente cómodo. Tenía esa clase de calma que algunas criaturas nobles desarrollan después de años siendo observadas. O deseadas.
Una de las criaturas del grupo se despidió. La otra desapareció en algún momento o quizás simplemente dejó de importar. Fairy no supo bien cómo, pero terminó bailando cerca de Prince. No juntos exactamente. Todavía existía suficiente distancia para fingir casualidad.
Hablaron.
Ella intentó explicarle de dónde venía y descubrió rápidamente que explicar La Otra Punta del Mundo era bastante más difícil bajo los efectos de hongos brillantes. Prince la observaba con una atención casi divertida, como si estuviera disfrutando verla perderse dentro de sus propias explicaciones.
—Entonces… ¿todo está invertido? —preguntó él.
—No exactamente invertido —corrigió Fairy—. Aunque ahora que lo digo en voz alta, sí, bastante invertido.
Prince tenia una sonrisa enorme, casi impresa en su cara. Fairy notó algo irritante: parecía una criatura completamente consciente del efecto que producía cuando sonreía. Hablaron algunos minutos más hasta que él dijo que tenía que irse. Lo dijo con tranquilidad, como si abandonar lugares fuera algo que hacía seguido. Después la miró. Directamente.
—¿Te puedo dar un beso?
Fairy sintió un pequeño cortocircuito interno. No por la pregunta exactamente, sino por la naturalidad con la que él la había hecho. Como si besar criaturas fuera una extensión lógica de terminar una conversación.
Lo observó unos segundos de más.
—No —respondió finalmente, confundida más que ofendida.
Prince soltó una risa breve por la nariz, casi imperceptible. No parecía molesto. Tampoco sorprendido.
—Bueno. Había que intentarlo.
Y se fue.
Fairy lo vio desaparecer entre las criaturas sin entender muy bien qué acababa de pasar. Lo más irritante era que una parte de ella sospechaba que, si él hubiera esperado treinta segundos más antes de preguntar, probablemente habría dicho que sí.
5. Un nuevo camino
Después de la celebración, Fairy y Enilec siguieron viéndose esporádicamente. Volaban juntas algunas noches o coincidían en reuniones improvisadas con otras criaturas. En una de esas salidas nocturnas apareció Elad y Fairy tardó varios segundos en reconocerlo.
Vestía pantalones oscuros ajustados, una camisa perfectamente abotonada y llevaba el pelo corto, prolijo. Parecía noble. O peor: parecía una criatura salvaje intentando parecer noble, que era una categoría muchísimo más peligrosa.
Fairy se quedó observándolo con genuina desconfianza.
Era imposible reconciliar esa imagen con la criatura semidesnuda que había bailado descalza durante la celebración de agosto.
Esa noche entendió rápidamente que algo estaba sucediendo entre él y Enilec. Era evidente en la forma en que Enilec lo miraba, demasiado luminosa, demasiado viva. Fairy no lograba comprenderlo del todo. Enilec le parecía una criatura recién salida al mundo, llena de curiosidad y energía. Elad, en cambio, tenía cara de haber sobrevivido varias guerras emocionales y seguir ligeramente fastidiado por eso.
Pero había algo magnético ahí.
Algo que Fairy todavía no entendía sobre las criaturas que se atraían precisamente por las partes que parecían incompatibles.
Cuando el grupo empezó a discutir qué hacer después, Fairy sintió el impulso habitual de desaparecer antes de que las decisiones colectivas se volvieran agotadoras. Nunca le había gustado demasiado ese momento específico donde todas las criaturas opinan al mismo tiempo como si organizarse fuera una actividad placentera.
Así que se fue.
Y honestamente, dormir le parecía una idea muchísimo más erótica que escuchar treinta minutos de propuestas contradictorias.
La vida con su tribu, en cambio, sí le resultaba fácil. Últimamente se habían sumado Lavuy, Mesek, Lem y Saibot, y la dinámica había cambiado para bien. Las cenas improvisadas, los planes nocturnos y las reuniones absurdamente largas solían ser idea de Neb y Fairy, que tenían una habilidad peligrosa para convertir cualquier encuentro casual en un evento de seis horas.
Neb, además, estaba distinto desde que había conocido a Lavuy.
Más tranquilo quizás. O más atento.
Fairy observaba con cierta fascinación la forma en que él cuidaba de ella. Había algo elegante en sus gestos, aunque Neb jamás admitiría eso. Fairy solía burlarse diciéndole que tenía energía de caballero antiguo atrapado accidentalmente en el cuerpo de una criatura fantástica.
Una noche salieron a volar juntos como hacían casi todas las semanas. Fairy llevó unas latitas de vino sobrantes del festival porque cualquier excusa era válida para beber vino mediocre mirando la selva desde el aire.
Cuando Neb la vio, la abrazó fuerte. Demasiado fuerte.
Fairy sintió alivio antes que preocupación, lo cual inmediatamente la preocupó.
—Fairy —dijo Neb apenas se separaron—. Voy a ser papá. Lavuy está embarazada.
Lo dijo con los ojos completamente desordenados. Como si estuviera feliz, aterrado y a punto de desmayarse al mismo tiempo.
Fairy quedó congelada unos segundos. Algo raro para ella. Normalmente reaccionaba antes de pensar.
—¿Qué?
Después lo abrazó otra vez, más lento esta vez.
—O sea… esto es claramente una excelente noticia —dijo cerca de su oído—, pero necesito saber algo importante antes de felicitarte correctamente.
Neb soltó una risa nerviosa.
—¿Qué cosa?
—¿Ya decidiste entrar en pánico o eso lo están organizando más adelante?
Neb apoyó la frente en su hombro y se rió de verdad por primera vez desde que ella había llegado.
—Está decidido —dijo finalmente—. Pero no estoy seguro.
Y esa respuesta, de alguna manera, hizo que todo se sintiera todavía más real.
6. La Casa de Conjuros
A Fairy le quedaba solo un año en la selva.
La idea aparecía en su cabeza en momentos completamente inoportunos. Mientras se cepillaba los dientes. Mientras bailaba. Mientras miraba a Neb cocinar algo imposible de identificar pero que, de alguna manera, siempre terminaba sabiendo bien. Era una cuenta regresiva silenciosa, instalada debajo de todo lo demás.
En Panacea, ninguna criatura podía quedarse indefinidamente si no lograba desarrollar una tarea útil para la comunidad. No bastaba con querer pertenecer. Había que volverse necesaria. Las criaturas que no conseguían estabilizar un oficio, un rol o una función compatible con su frecuencia terminaban regresando a sus territorios de origen tarde o temprano. Algunas lo hacían voluntariamente. Otras, no tanto.
Y Fairy no podía volver.
No porque alguien se lo prohibiera. Peor. Porque regresar a La Otra Punta del Mundo implicaba aceptar una versión de sí misma que ya no existía. Desde que había llegado a la selva, algo en ella había empezado a expandirse de formas difíciles de revertir. Panacea tenía ese efecto sobre ciertas criaturas: una vez que la frecuencia del lugar se mezclaba con la propia, volver atrás se sentía artificial. Como intentar respirar debajo del agua después de haber conocido el aire.
Por eso pasó meses buscando opciones.
Se reunió con criaturas espirituales que necesitaban asistentes para trabajos de lectura vibracional. Intentó colaborar con una comunidad de mitológicas dedicadas al registro de memorias antiguas, pero la echaron amablemente después de que accidentalmente alterara la frecuencia de un archivo completo mientras bostezaba. Durante unas semanas ayudó a unas neófitas en un mercado nocturno vendiendo pequeñas piezas encantadas, aunque descubrió rápidamente que tenía pésima tolerancia para tratar con criaturas arrogantes antes del mediodía.
Nada terminaba de funcionar.
El problema era específico: cualquier tarea permanente debía estar vinculada al núcleo de la criatura. Y el núcleo de Fairy siempre había sido el mismo.
Los encantamientos.
No los conjuros tradicionales, prolijos y perfectamente estructurados que realizaban las criaturas nobles o mitológicas. Lo suyo era distinto. Más intuitivo. Más inestable. Fairy podía sentir las frecuencias dentro de las cosas antes incluso de entenderlas del todo. Desde chica había sido capaz de modificar pequeños comportamientos de la materia casi sin darse cuenta. A veces arreglaba objetos apenas tocándolos; otras veces los rompía exactamente igual.
El detalle era que eso no siempre generaba confianza.
Especialmente en Panacea.
Neb había sido quien más insistió en que no abandonara la búsqueda. Nunca parecía cansarse de repetirle que la selva ya había empezado a responderle y que eso significaba algo. Fairy sospechaba que Neb tenía una fe excesiva en ella, pero también sospechaba que probablemente necesitaba escucharla.
Además, él hacía que todo fuera más fácil.
En esos meses compartieron una rutina extraña y doméstica que Fairy nunca habría imaginado para sí misma años antes. Cenaban juntos casi todas las noches, discutían acerca de teorías absurdas sobre criaturas que ninguno conocía realmente, salían a caminar cuando el calor bajaba y terminaban muchas veces bailando en lugares improvisados hasta horas ridículas de la madrugada. Neb tenía la capacidad irritante de detectar cuándo Fairy estaba a punto de colapsar emocionalmente antes incluso de que ella lo supiera.
—Tenés cara de estar inventándote una tragedia nueva —le dijo una vez mientras elegían frutas en un mercado.
—No estoy inventando una tragedia. Estoy organizando una tragedia preexistente.
—Perfecto. ¿Querés organizarla después de comer?
Fairy se había reído tanto que olvidó angustiarse durante varias horas.
Fue Neb también quien le habló seriamente por primera vez de las Casas de Conjuros.
Las Casas existían desde antes de que muchas comunidades se asentaran en Panacea. Eran espacios híbridos: talleres, centros de formación, laboratorios vibracionales y, en algunos casos, directamente campos de batalla intelectuales. Ahí trabajaban criaturas dedicadas al estudio de frecuencias, materia, alteraciones y encantamientos complejos. Algunas Casas eran prestigiosas y extremadamente rígidas. Otras parecían sostenerse apenas por milagro y cafeína.
—No te va a gustar —le había advertido Neb mientras caminaban de noche.
—¿Entonces por qué me lo recomendás?
—Porque todo lo que no te gusta suele terminar cambiándote la vida.
Fairy odiaba cuando él tenía razón.
La Casa de Conjuros que finalmente aceptó ponerla a prueba estaba ubicada cerca de una de las zonas más húmedas de la selva. El edificio parecía más viejo que muchas criaturas que lo habitaban. Tenía paredes cubiertas parcialmente por raíces, techos altos y ventanas abiertas por donde entraban constantemente calor, ruido de insectos y olor a lluvia. No era un lugar elegante. Era un lugar vivo.
La primera vez que entró sintió inmediatamente que algo la observaba.
No las criaturas.
El espacio.
Las mesas de trabajo estaban llenas de marcas antiguas, quemaduras pequeñas, restos de tinta vibracional y materiales que Fairy no supo identificar. El aire vibraba distinto ahí adentro. Más denso. Más atento. Como si cada objeto estuviera escuchando.
Las criaturas hablaban poco.
Demasiado poco para el gusto de Fairy.
Mit apenas levantó la vista cuando ella llegó. Jarr le explicó las reglas básicas sin mirarla directamente. Aynat parecía irritada por la existencia misma del sonido. E Icul…
Bueno.
Icul fue otra cosa.
La vio una sola vez ese primer día, cruzando uno de los pasillos internos de la Casa. No hablaron. Ni siquiera se detuvo. Pero Fairy sintió inmediatamente una presión extraña recorriéndole el cuerpo, como si alguien hubiera reorganizado el aire alrededor suyo sin pedir permiso.
—¿Quién es esa? —preguntó después, en voz baja.
Mit tardó unos segundos en responder.
—La criatura más inteligente que vas a conocer acá adentro —dijo finalmente—. Y probablemente la más peligrosa también.
Eso debería haberla asustado.
En cambio, Fairy sintió curiosidad.
La Casa aceptó recibirla durante unos meses de prueba. No era el trabajo soñado ni la gran oportunidad que había imaginado cuando dejó La Otra Punta del Mundo. Pasaba horas ordenando materiales, ajustando encantamientos menores y asistiendo procesos que apenas entendía. Pero tenía algo que Fairy necesitaba desesperadamente: estabilidad.
Y tiempo.
Tiempo para descubrir si realmente existía un lugar para ella en la selva.
O si el universo simplemente todavía no había decidido expulsarla.
En septiembre se festejaba el cumpleaños de Oroz. Nadie sabía exactamente cuántos años cumplía porque las criaturas salvajes tendían a considerar el tiempo como una sugerencia antes que como una estructura seria, pero eso jamás impedía que organizaran celebraciones enormes, desordenadas y ligeramente peligrosas. Enilec y Oroz se habían vuelto muy cercanos en los últimos meses. Tan cercanos que Fairy ya había atravesado varias etapas de sospecha: primero creyó que estaban enamorados, después creyó que solo dormían juntos, luego pensó que probablemente ambas cosas eran ciertas y finalmente decidió que prefería no preguntar demasiado. Las criaturas neófitas tenían una forma muy elegante de convertir el caos emocional en algo luminoso y Fairy todavía no sabía si admiraba eso o si le daba un poco de miedo.
Ella estaba agotada. Tenía el cansancio pegado al cuerpo como humedad. Entre la presión de encontrar una forma de quedarse en la selva, las horas interminables en la Casa de Conjuros y la sensación constante de que todo en su vida estaba a punto de desplazarse apenas unos centímetros fuera de eje, ir al cumpleaños de Oroz le parecía una pésima idea. Pero quedarse sola en su comunidad también lo era. Así que fue.
Llegaron volando de noche. Desde arriba, el campamento parecía un pequeño incendio repartido entre los árboles secos: luces cálidas, mantas extendidas, criaturas moviéndose lentamente alrededor del fuego y música filtrándose entre la selva como si el aire mismo estuviera respirando. Habían llevado comida, bebidas y mantas para dormir ahí, aunque Fairy, apenas aterrizó, supo que su cuerpo ya estaba negociando consigo mismo cuánto tiempo iba a resistir despierta.
Enilec, en cambio, parecía cobrar vida entre las criaturas. Saludaba a todos. Reía. Tocaba brazos, hombros, rostros. Fairy la observaba con una mezcla de admiración y agotamiento. Ella nunca había logrado entrar así a los espacios. Siempre tenía la sensación de estar llegando apenas un segundo tarde a todas las conversaciones importantes.
Reconoció algunas criaturas de lejos, pero no habló demasiado con nadie hasta que vio a Naed. Lo había cruzado varias veces en sus vuelos nocturnos y siempre le había parecido una criatura extraña: demasiado relajado para alguien que llevaba permanentemente un cuchillo atado a la cintura. Esa noche estaba acompañado por su hijo y un perro enorme que respiraba como si odiara profundamente estar vivo.
Qué locura traer un perro a una fiesta así, pensó Fairy.
No habían pasado ni quince minutos cuando el perro de Naed estaba atacando a otro perro en medio del campamento.
El caos fue inmediato. Criaturas corriendo, mesas cayéndose, alguien buscando vendas, alguien llorando, alguien gritando instrucciones que nadie seguía. Fairy observó toda la escena con la tranquilidad de quien ya sospechaba que algo así iba a pasar. Las criaturas salvajes tenían una capacidad extraordinaria para sorprenderse de consecuencias completamente previsibles.
La noche todavía no terminaba de caer cuando Fairy abrió su bolsita azul y sacó algunos hongos. Los eligió cuidadosamente. Azulados, secos, suaves al tacto. Siempre se sentía más protegida cuando comía hongos, como si ciertas capas del mundo se volvieran menos agresivas después. Aunque esa noche, honestamente, estaba tan cansada que podrían haber sido piedras y probablemente el efecto habría sido el mismo.
La fiesta se sentía dispersa. Como si nadie terminara de habitarla del todo.
Y entonces vio a Prince. Claro, era de la tribu de Oroz, cómo es que no había reparado en él antes?
Estaba bailando en una esquina con otras criaturas, aunque incluso entre varias presencias seguía resultando fácil encontrarlo. No porque hiciera demasiado. Al contrario. Prince tenía esa clase de belleza irritante que parecía diseñada para parecer accidental. Fairy recordó inmediatamente el beso que él había intentado pedirle durante la Celebración de agosto y se acercó riéndose apenas.
—Nunca me escribiste después de la celebración.
Prince quedó completamente quieto.
Fue mínimo. Un segundo apenas. Pero Fairy lo vio. Como si el cuerpo se le hubiese olvidado momentáneamente cómo reaccionar. Después se rió, lento, llevándose una mano al cuello.
—Bueno… esto es incómodo —dijo.
—Un poco, sí.
—Estaba convencido de que me odiabas.
—No seas dramático. Si te odiara no me habría acercado.
Prince sonrió de lado. Fairy seguía sin entender bien qué clase de criatura era él. Noble, claramente. Pero había algo raro en su manera de moverse. Algo demasiado relajado para alguien educado entre criaturas nobles. Como si estuviera interpretando apenas mal el papel que le tocaba.
Hablaron unos minutos más, aunque Fairy ya sentía el sueño aplastándole la cabeza por dentro. La fiesta seguía siendo un ruido distante y desordenado. Algunas criaturas bailaban descalzas sobre la tierra seca. Otras discutían acerca de política tribal cerca del fuego como si eso fuese una actividad razonable para las tres de la mañana.
Ella desapareció sin avisarle a nadie. Simplemente se fue a dormir. A la mañana siguiente despertó con calor. Un calor seco y molesto que ya empezaba a instalarse en la selva desde temprano. El campamento olía a café horrible, fruta demasiado madura y humo viejo. Caminó todavía medio dormida hasta donde un grupo de criaturas conversaba alrededor de una mesa improvisada.
Se sentó como quien no quiere la cosa. Yrah fue la primera en hablarle. Era noble y tenía un rostro extraño, cuadrado y pálido, como una estatua antigua que hubiese aprendido a sonreír. Conversaron inmediatamente con una naturalidad inesperada. Fairy disfrutaba mucho de las criaturas capaces de decir cosas inteligentes sin parecer desesperadas por demostrarlo.
Fue recién varios minutos después que se dio cuenta de que una de las criaturas sentadas más atrás era Prince.
Llevaba un sombrero claro y esos lentes celestes detrás de los cuales era imposible saber dónde terminaban sus ojos y empezaban sus intenciones. Fairy sospechaba que eso era deliberado. Algunas criaturas nobles utilizaban el misterio como accesorio estético. Y lamentablemente le quedaba bien.
—¿Alguien más quiere café? —preguntó Prince.
—Yo —respondió Fairy—. ¿Me puedo hacer uno?
—Claro.
Prince se acercó para alcanzarle la cafetera y Fairy sintió inmediatamente el olor de su perfume mezclado con humo y sol. Algo suave. Cálido. Molestamente atractivo.
—Gracias —dijo sonriendo.
Probó el café y automáticamente hizo una mueca.
Prince soltó una risa baja.
—No es el mejor café del universo coloidal, lo admito.
—¿Qué es esto? ¿Tierra caliente?
—Hay azúcar —intervino Prince.
—Y leche —agregó Elad desde otra silla.
Fairy levantó la vista hacia él y volvió a sorprenderse. Cada vez que veía a Elad parecía una criatura distinta. A veces salvaje, otras peligrosamente elegante. Esa mañana llevaba ropa clara y un sombrero parecido al de Prince. Juntos parecían dos versiones completamente diferentes de un mismo problema.
El campamento estaba perfectamente armado. Mesas plegables, frutas cortadas, recipientes con hielo, mantas bien extendidas bajo un toldo enorme. No eran improvisados. Las criaturas nobles podían convertir cualquier espacio en algo vagamente sofisticado incluso cuando estaban técnicamente acampando en medio del polvo y el calor infernal.
Fairy volvió a mirar a Prince por encima de su taza.
Los cristales celestes de sus lentes seguían siendo completamente impenetrables.
Y eso le molestaba más de lo que debería.
Por fin Enilec apareció bajando desde una de las zonas altas del campamento. Tenía el pelo dorado desordenado y esa expresión luminosa de las criaturas que claramente habían dormido acompañadas. Fairy la observó y después se miró a sí misma.
Short roto cosido con hilos rosa y amarillo. Remera enorme. Pelo probablemente destruido. Aspecto general de criatura encontrada emocionalmente a la deriva cerca de un incendio.
Decidió no pensar demasiado en eso.
—Oh là là, Enilec —dijo apenas se acercó—. No sabía que esto ya era algo confirmado.
Enilec se puso roja inmediatamente.
—No es nada. Solo pasamos la noche juntos.
—Sí, claro. Y la selva está fresca y húmeda.
Enilec largó una carcajada y la abrazó.
Hablaron mientras empezaban lentamente a guardar las cosas del campamento. El calor ya era insoportable. Los bichos revoloteaban alrededor de las criaturas y el suelo seco parecía resquebrajarse debajo del sol.
—Jamás imaginé que alguien como Elad te gustaría —dijo Fairy antes de poder filtrarlo.
Enilec levantó una ceja divertida.
—¿Alguien como él?
—Bueno… vos sos una neófita preciosa y brillante y él parece una criatura que probablemente haya sobrevivido a tres guerras y dos maldiciones antiguas.
Enilec se rio tanto que tuvo que sentarse.
—Eso es absurdamente específico.
—Pero correcto.
—Tal vez justamente me gusta eso.
Fairy sonrió. Sí. Lo entendía un poco.
Mucho más de lo que quería admitir.
Porque mientras hablaban, volvió a sentir la presencia de Prince detrás suyo, moviéndose por el campamento con esa calma irritante de criatura acostumbrada a ser observada. Y lo peor era que Fairy empezaba a notar que otras criaturas efectivamente lo miraban. Mucho. Algunas con deseo. Otras con curiosidad. Otras simplemente porque él parecía deslizarse dentro de los espacios en lugar de ocuparlos.
Y Prince lo sabía.
Claro que lo sabía.
El viaje de regreso duró unos cuarenta minutos. El calor caía sobre la selva como una amenaza. Desde arriba podían verse zonas enteras de vegetación seca y árboles resquebrajados. Todo parecía demasiado quieto. Como si la Naturaleza estuviera conteniendo algo.
La Oscuridad no le daba miedo a Fairy. La Oscuridad era simple. Habitaba en todas las criaturas y, por eso mismo, resultaba reconocible. La Naturaleza, en cambio, era otra cosa. Exterior. Antigua. Indiferente. Una frecuencia imposible de domesticar.
Llegó a su hogar agotada.
El domingo parecía no terminar nunca.
Y sin embargo, mientras se dejaba caer sobre su cama todavía caliente por el sol de la tarde, Fairy se descubrió pensando en los lentes celestes de Prince, en el olor de su piel mezclado con café malo y humo, y en la forma en que había quedado quieto cuando ella le dijo que nunca le había escrito.
Sonrió apenas.
Después cerró los ojos.
En dos días vería a Neb para pasear a Doggy y eso bastaba para que el mundo volviera a sentirse un poco más liviano.
La Casa de Conjuros tenía una reputación extraña en la selva. No era exactamente prestigio, aunque lo incluía. Tampoco miedo, aunque muchas criaturas evitaban entrar ahí si no era estrictamente necesario. Era otra cosa. Una sensación de precisión. Como si todo lo que saliera de esa Casa —encantamientos, estructuras, protecciones, trabajos para comunidades enteras— hubiese sido medido antes de existir.
Las criaturas de la Casa hacían de todo. Restauraban materia dañada, sellaban frecuencias rotas, construían artefactos imposibles y aceptaban encargos de las comunidades con más poder de la selva. Eran eficientes. Discretas. Costosas. Y, según los rumores, bastante insoportables.
Fairy todavía estaba en la puerta giratoria de ese mundo.
La sensación la perseguía cada mañana cuando cruzaba la entrada: no terminaba de pertenecer, pero tampoco la dejaban ir. Seguía ahí, suspendida en un estado intermedio, como una criatura esperando que alguien decidiera si era útil o simplemente un error administrativo con buen pelo.
Ese lunes amaneció pesado. Los lunes siempre tenían algo ofensivo en la selva. Como si incluso la humedad estuviera cansada. Fairy abrió los ojos con esa mezcla insoportable entre agotamiento y ansiedad; el recordatorio constante de que aún no tenía nada asegurado. Le quedaba poco tiempo para encontrar una tarea estable que justificara su permanencia lejos de La Otra Punta del Mapa.
Y volver no era una opción.
No porque no pudiera.
Porque ya no pertenecía ahí.
La Casa de Conjuros era silenciosa de una forma casi agresiva. Las criaturas trabajaban sin conversar, concentradas en lo que sus manos tocaban. El aire estaba lleno de pequeños sonidos técnicos: metal rozando piedra, hojas secas moviéndose, frascos apoyándose con cuidado. Nadie levantaba demasiado la voz. Ahí el lenguaje principal parecía ser la concentración.
Fairy todavía no tenía autonomía real. A veces le asignaban tareas mínimas y otras veces pasaba horas fingiendo estar ocupada para no parecer completamente inútil. Lo peor no era eso. Lo peor era Icul.
Icul era brusca, precisa y tenía la desagradable habilidad de hacer que Fairy se sintiera observada incluso cuando estaba de espaldas. Fairy todavía se sentaba con un cuchillo escondido detrás de la cintura cada vez que trabajaba cerca de ella. No porque creyera que Icul fuera a atacarla. Porque las criaturas como Icul daban ganas de estar preparada para todo.
Ese día, sin embargo, Icul llegaba tarde.
Y Fairy sonrió apenas lo supo.
La ausencia de Icul aflojaba algo en el aire. Apenas. Lo suficiente para que Fairy pudiera respirar distinto.
Se acomodó sobre la mesa de trabajo y observó sus manos un momento. La falta de alas seguía molestándole más de lo que admitía. Era una incomodidad vieja, estructural. Como si su cuerpo hubiese olvidado terminarse.
Todas las hadas tenían alas.
Incluso las hadas idiotas tenían alas.
Ella no.
Había pasado años intentando compensarlo. Había probado pócimas, maestros, artefactos, rutas espirituales y métodos tan ridículos que ahora le daban vergüenza. Una vez incluso había dormido durante dos semanas colgada boca abajo de un árbol porque una anciana espiritual le aseguró que “la gravedad correcta despierta memorias genéticas”.
No despertó nada excepto dolor lumbar.
Fairy nunca había dedicado realmente su vida a los encantamientos, aunque sabía que su poder estaba ahí. En cambio, eligió viajar. Atravesó comunidades remotas buscando historias antiguas porque sospechaba que los mejores encantamientos no se aprendían: se encontraban escondidos dentro de relatos que otras criaturas habían olvidado cómo escuchar.
En ese entonces la magia todavía era marginal. Antes de que volviera a ponerse de moda entre nobles aburridos y neófitos con crisis existenciales, había sido desplazada por la ciencia, los sistemas técnicos y las nuevas tecnologías de frecuencia.
Cuando Fairy empezó a viajar, hacía ya casi diez años, encontrar maestros reales implicaba ir profundo.
Y la profundidad siempre era oscura.
Aunque, a veces, también podía ser acogedora.
Fairy había dejado atrás muchísimas cosas buscando esa oscuridad. Incluso las pocas certezas que tenía sobre sí misma. Pero no encontró lo que esperaba. Descubrió demasiado rápido que todavía no estaba preparada para mirar directamente dentro de ciertos espacios.
La Oscuridad no era maldad.
Era profundidad sin traducción.
Y ella todavía necesitaba fuerza para atravesarla sin romperse.
Por eso seguía en la Casa de Conjuros, aunque sospechaba que ese lugar tampoco era exactamente para ella. Aun así, confiaba en su intuición. O en su testarudez. En Fairy ambas cosas solían parecerse demasiado.
Casa de Conjuros. Lunes, 10:30 a.m.
El sonido de su esfera de mensajes vibró apenas sobre la mesa.
Fairy miró alrededor antes de abrirlo, como si estuviera cometiendo un delito menor.
Sonrió apenas leyó el nombre.
Prince.
“Hola, Fairy.
Qué lindo fue encontrarte otra vez el sábado. Supongo que tuve que verte dos veces para juntar el coraje de finalmente escribirte.
¿Al final fuiste a nadar ayer?”
Fairy apoyó el codo sobre la mesa y sonrió sola.
Prince era, definitivamente, la mejor distracción posible para un lunes en la Casa de Conjuros.
Todavía no entendía muy bien qué tenía esa criatura. No era solamente atractivo —aunque lo era, de una forma bastante irritante—. Había algo más. Algo en su manera de mirar, de aparecer y desaparecer de las conversaciones, de sonreír apenas antes de decir algo ambiguo. Como si siempre estuviera jugando un juego que el resto recién descubría tarde.
Y encima olía bien.
Lo cual le parecía completamente injusto.
Respondió casi de inmediato.
“Hola, Prince. Fue lindo volver a verte, ¡tal cual!
No fui a nadar. Estaba muy cansada y mi batería social estaba completamente destruida.
¿Cómo estuvo el asado?”
La respuesta llegó rápido.
“Totalmente válido.
Fue una noche de sábado bastante salvaje. Elad y yo estuvimos como dos horas intentando reunir voluntad para meternos al agua.
Comimos costillitas de cordero, papas al horno, calabaza asada, batata con miel y feta, quinoa…
Un éxito absoluto.
Hoy me toca existir únicamente a base de sobras.”
Fairy soltó una pequeña risa nasal que intentó disimular enseguida cuando una criatura cercana levantó apenas la vista.
“Suena como un festín.
Yo comí pescado fresco, tengo que admitirlo.
Muy rico.
Espero algún día recibir una invitación oficial a uno de sus asados sofisticados.”
La respuesta tardó apenas unos segundos.
“Te creo.
Me gusta pescar, pero curiosamente no me gustan mucho los mariscos.
Sí, ya sé. Es raro.
Y te aviso para el próximo asado.
Estaría bueno conocerte mejor cuando ninguno de los dos esté químicamente alterado.”
Fairy mordió apenas el interior de su mejilla.
“Jajaja.
Es verdad.
Técnicamente todavía no nos conocimos sobrios. Y no estoy segura de que la mañana siguiente cuente como sobriedad.”
“Pienso exactamente lo mismo.
Ayer me golpeé la cabeza con una puerta y no había nadie cerca para hacerlo parecer digno.
Además, recuerdo haberte preguntado a qué te dedicabas en la celebración… pero no recuerdo absolutamente nada de tu respuesta.
Así que sí.
Necesitamos conocernos sobrios.”
Fairy sonrió mirando la pantalla.
“Cuando uso pócimas mi dialecto se vuelve incomprensible.
Aunque sobria tampoco soy particularmente impresionante.”
“Creo que solo yo puedo decidir eso.”
Fairy sintió calor subirle por el cuello.
Le molestó un poco lo fácil que Prince lograba eso.
“Mantené las expectativas bajas, por las dudas.”
“Voy a mantenerlas bajas.
Pero tengo la sensación de que igual vas a sorprenderme.”
Fairy leyó el mensaje dos veces.
Después una tercera.
Y aunque intentó seguir trabajando, durante el resto de la mañana tuvo la sospecha constante de que algo acababa de empezar a moverse. Algo pequeño todavía. Ligero.
Pero vivo.
Los mensajes con Prince continuaron durante los días siguientes. No eran constantes ni desesperados —ninguno de los dos parecía el tipo de criatura que necesitara hablar todo el tiempo para confirmar una existencia—, pero sí tenían una continuidad suave, peligrosa. Como esas corrientes cálidas de agua que parecen inofensivas hasta que una descubre que llevan rato desviándola de la costa. Fairy empezó a esperarlos sin admitirlo. A veces aparecían temprano por la mañana, cuando la Casa de Conjuros todavía olía a metal húmedo y polvo antiguo. Otras veces llegaban de noche, justo antes de dormir, cuando el cuerpo ya estaba blando de cansancio y cualquier frase de Prince parecía deslizarse demasiado fácil debajo de la piel.
Prince tenía una forma muy particular de conversar. Nunca parecía esforzarse demasiado, pero tampoco decía cosas vacías. Había humor en su manera de mirar el mundo. Y algo más. Algo apenas inclinado hacia el coqueteo, como si hubiese descubierto hacía mucho tiempo que la seducción real no estaba en decir demasiado, sino en prestar atención. Y Prince prestaba atención a detalles absurdos: a cómo Fairy describía los olores después de la lluvia, a la cantidad ridícula de azúcar que le ponía al café, a ciertas palabras deformadas de su dialecto. Eso la descolocaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
Como todas las semanas, el martes era el día de vuelo con Neb. Y los domingos, casi religiosamente, toda la tribu se reunía para hacer desayunmuerzos eternos donde siempre sobraba comida y faltaban sillas. A Fairy le gustaban las costumbres; le daban una sensación de continuidad. Como si ciertas repeticiones pequeñas sostuvieran el mundo apenas lo suficiente para evitar que se desarmara por completo.
Neb ya la estaba esperando cuando Fairy llegó al punto de encuentro.
—Hola, hola —dijo con ese tono exageradamente alegre que parecía salido de un dibujo animado antiguo.
Supuestamente, según él, así sonaba Fairy cuando estaba contenta. Fairy sostenía que era una acusación gravísima.
—¡Neb! —gritó ella, corriendo hacia él.
Saltó directamente a sus brazos y Neb la atrapó con facilidad, como si su cuerpo ya conociera perfectamente el peso del de ella. Había algo muy seguro en los abrazos de Neb. Eran enormes, cálidos y completos. Como si durante unos segundos no pudiera pasar nada malo.
—¿Cómo la pasaste el fin de semana, Fairy?
—Bien… fui a un cumpleaños y terminé pasando la noche en la selva. Fui con Enilec y algunas criaturas de la celebración.
Neb levantó apenas las cejas, curioso.
—Ah, sí… ¿la pasaste bien? ¿Conocés más criaturas de ese grupo?
La curiosidad de Neb siempre era genuina. Nunca invasiva. Hacía preguntas como quien acomoda mantas sobre alguien dormido.
—Más o menos —rió Fairy—. Todavía me siento un poco infiltrada cuando estoy ahí.
Neb sonrió apenas y entonces dijo:
—Aunque no creo que ninguna de esas criaturas sea capaz de hacer esto…
Y antes de que Fairy pudiera reaccionar, la atrapó. Con el brazo derecho tomó el izquierdo de ella y con el otro la sostuvo de la cintura, elevándola hacia arriba con una facilidad irritante. Fairy soltó una carcajada inmediata mientras Neb la hacía girar apenas en el aire y después soplaba teatralmente sobre la tela de su remera, justo sobre el abdomen.
—¡Neb! —gritó entre risas—. ¡Sos insoportable!
Pero, secretamente, le gustaba cómo Neb la hacía sentir. Era juguetón de una forma rarísima en la selva. Había criaturas graciosas, sí, pero él tenía algo distinto: una liviandad verdadera. La trataba como si el mundo todavía pudiera ser amable. Como si Fairy todavía tuviera permiso para ser pequeña a veces. Y eso era peligrosamente reconfortante.
—No, en serio —dijo ella acomodándose el pelo—. La verdad me aburrí bastante. Me fui a dormir antes que todos. Soy oficialmente una anciana.
Neb soltó una risa fuerte.
—Eso no es cierto, Fairy. Sos una de mis criaturas favoritas de toda la selva.
Fairy achicó los ojos con dramatismo.
—¿Cómo que “de la selva”? ¿Y del mundo no?
Y empezó a acercarse lentamente hacia él, encorvada, con las manos preparadas como una depredadora ridícula.
Neb retrocedió apenas.
—Bueno… capaz también del mundo.
—¿Capaz? —preguntó Fairy, atacándolo finalmente con cosquillas.
Neb soltó una carcajada tan fuerte que casi pierde el equilibrio.
—¡Sí, sí! ¡También del mundo! ¡Definitivamente del mundo!
Fairy sonrió satisfecha y volvió a caminar junto a él mientras Doggy corría alrededor persiguiendo cosas invisibles entre las plantas secas.
Pero el humor duró poco. Porque apenas el silencio apareció entre ellos, Fairy volvió a notar el cambio en Neb. Estaba distinto desde lo de Lavuy. No era algo visible de inmediato. Seguía riéndose, seguía haciendo bromas, seguía abrazándola igual. Pero había algo nuevo debajo de todo eso. Algo más quieto. Más cansado.
—¿Y vos? —preguntó Fairy esta vez—. ¿Cómo estás realmente?
Neb tardó un poco en responder.
—Confundido —admitió finalmente—. Mucho.
Su voz había bajado.
—Espero estar haciendo lo correcto… pero estoy aterrado, Fairy.
Y ahí estaba. La tristeza. No enorme ni dramática, pero sí constante. Como una grieta fina atravesándole el pecho.
Fairy sintió una pena inmediata y profunda. Porque Neb era una criatura hecha para expandirse, para jugar, para reírse con el cuerpo entero. Ver miedo en él resultaba antinatural. Y fue en ese instante que entendió algo simple y brutal: estaba triste porque él estaba triste.
No porque pudiera resolverlo.
No porque entendiera completamente lo que implicaba convertirse en padre.
Simplemente porque lo amaba.
Neb no llevaba tantos años en su vida y aun así Fairy sentía por él una ternura feroz, casi animal. Como si alguna parte de ella hubiese decidido adoptarlo mucho antes de conocerlo realmente.
—Neb —dijo despacio—, no importa la decisión que tomes. No estás solo.
Y lo abrazó fuerte. Muy fuerte. Lo suficiente para sentir cada músculo de su torso debajo de la ropa liviana.
Neb era una criatura hermosa de una manera poco elegante. Tenía los ojos claros, mezclados entre celeste y verde esmeralda; la piel pálida, el pelo rizado y una sonrisa enorme que parecía demasiado grande para su cara. No era alto, pero sí ancho, sólido. Como esos guerreros antiguos que podrían destruir algo enorme y cinco minutos después llorar mirando una flor. Su esencia era la risa. Y Fairy sospechaba que eso era mucho más raro que la magia.
Siguieron caminando juntos mientras Doggy corría alrededor persiguiendo hojas secas y criaturas inexistentes. Fairy observó el cielo un momento y pensó en su tribu.
Los quería profundamente. A todos. Pero no siempre lograba entenderlos.
Con Ippihc y Dis, por ejemplo, sentía una distancia extraña. Ambos tenían una carga espiritual muy fuerte en su composición y Fairy, atravesada por lo salvaje y lo fantástico, a veces no lograba comprender del todo cómo experimentaban el mundo. Las referencias que usaban le parecían lejanas. Sus formas de sentir, demasiado elevadas o demasiado profundas. Como si hablaran un dialecto emocional que ella todavía no sabía traducir.
Los admiraba muchísimo.
Pero no siempre los entendía.
En cambio, con Lem, Mesek, Lavuy o Sirhc la conexión era distinta. Más inmediata. Más corporal. En ellos Fairy podía reconocer las sombras con claridad, incluso cuando intentaban esconderlas. Mientras que con Ippihc y Dis existía un velo.
Y Fairy todavía no sabía si quería correrlo… o conservar intacto el misterio.
Las criaturas, por lo general, se agrupan en tribus. No es solamente una cuestión social ni una necesidad afectiva, aunque muchas criaturas neófitas insistan en dramatizarlo como si hubiesen descubierto una forma superior del amor. Las tribus funcionan como campos de resonancia. Espacios donde las frecuencias individuales se estabilizan, se amplifican o, al menos, dejan de golpearse entre sí el tiempo suficiente como para sostener una identidad más o menos coherente.
Permanecer demasiado tiempo fuera de una tribu puede desordenar incluso a las criaturas más estables. Algunas pierden energía. Otras se vuelven agresivas. Otras empiezan a hablar solas o a interpretar señales ridículas en lugares absurdos. Las criaturas espirituales, por ejemplo, tienden a creer que cualquier pájaro que aparece tres veces seguidas es un mensaje ancestral. Y aunque a veces tienen razón, la mayoría de las veces el pájaro simplemente estaba buscando comida.
A Fairy siempre le había costado sentirse parte de una comunidad. Desde pequeña, la variedad la atraía demasiado. Necesitaba movimiento, diferencia, contraste. Cada territorio nuevo le despertaba una versión distinta de sí misma, y con los años su percepción del mundo terminó fragmentándose en capas superpuestas. A veces no sabía si ciertas ideas eran propias o si las había absorbido de alguna criatura, de algún viaje o de alguna noche demasiado larga.
El Universo Coloidal era vasto y profundamente diverso. No existía como un único mundo, sino como una red de territorios unidos por una misma materia vibrante. Cada territorio albergaba comunidades autónomas donde convivían todas las especies: Salvajes, Neófitas, Mitológicas, Fantásticas, Nobles y Espirituales.
Las comunidades tomaban formas distintas según el entorno en el que crecían. Existían comunidades de Selva, Bosque, Desierto, Pantano, Montaña y Acuífero. Y cada una se replicaba —con pequeñas variaciones y consecuencias enormes— en los grandes territorios: La Otra Punta del Mundo, Arcada Narcisa, Horizonte Diezmado, Medio Cielo y Panacea.
La selva donde había llegado Fairy pertenecía a Panacea.
Panacea tenía cierta reputación entre las criaturas. Se decía que allí las frecuencias tendían a intensificarse. Los vínculos, las emociones y los procesos internos adquirían densidad. Nada permanecía superficial demasiado tiempo. Algunas criaturas viajaban allí buscando transformación. Otras llegaban justo antes de quebrarse.
También existía otro rumor. Uno que pocas criaturas repetían en voz alta porque, según decían, la selva escuchaba. Panacea tenía memoria. Y aquello que no se resolvía… regresaba. No necesariamente igual. A veces volvía convertido en vínculo, en enfermedad, en deseo o en accidente. Pero regresaba.
Fairy todavía no sabía qué había ido a buscar allí. Sin embargo, empezaba a sospechar que la selva sí lo sabía.
Ella siempre había sido bastante consciente de sus procesos. A veces demasiado. Había aprendido a observarse como quien estudia una criatura peligrosa detrás de un vidrio: con atención, fascinación y una cantidad razonable de miedo. Sabía, por ejemplo, que su impulso a romper, forzar o destruir provenía de su composición salvaje. Las criaturas salvajes no le temen al caos. Lo entienden. Lo habitan.
Pero el caos salvaje no era realmente desordenado. Tenía su propia armonía. Una lógica feroz. Las criaturas salvajes destruían igual que un incendio destruye un bosque: no por crueldad, sino porque algo necesitaba espacio para volver a crecer.
El problema era que Fairy no era solamente salvaje.
Su parte fantástica deseaba exactamente lo contrario. Crear. Imaginar. Construir sentido. Encontrar belleza incluso en lugares donde claramente no la había. Las criaturas fantásticas tenían esa tendencia extraña a romantizar cosas inconvenientes. Hambre emocional. Viajes imposibles. Criaturas peligrosas. Dolor existencial. Todo podía convertirse en una historia si se lo iluminaba lo suficiente.
En Fairy, ambas fuerzas convivían al mismo tiempo. No alternaban. No descansaban. Se empujaban entre sí como dos corrientes chocando debajo de la piel.
Conocía solamente otra criatura igual que ella: Oruam. Compartían el mismo mestizaje, y también esa tensión estructural que volvía difícil permanecer quietos demasiado tiempo. Cuando hablaban, Fairy sentía una mezcla extraña entre comprensión y alarma. Como si estuviera viendo lo que podía llegar a ser si dejaba de controlarse.
—Las criaturas equilibradas me generan desconfianza —había dicho Oruam una noche, completamente serio mientras intentaba encender un cigarro mojado—. Nadie que esté realmente vivo vibra tan prolijo.
Fairy todavía no sabía si aquello era sabiduría salvaje o simplemente un problema psicológico muy bien decorado.
En el Universo Coloidal se decía que toda criatura vibraba en una frecuencia determinada. Las más estables sostenían una única frecuencia durante largos períodos. Otras oscilaban entre dos o tres estados dependiendo de sus vínculos, ciclos o procesos internos.
Pero existían casos excepcionales. Raros. Casi imposibles. Criaturas cuya vibración no lograba fijarse completamente. Frecuencias que se superponían, se bifurcaban o entraban en conflicto consigo mismas. A esas criaturas no se las estudiaba demasiado. La mayoría prefería evitarlas.
No necesariamente por peligrosas, sino porque recordaban algo incómodo: que la estabilidad quizá no era natural, sino apenas una forma sofisticada de control.
Esa temporada, Fairy empezó a sentir algo extraño dentro de sí. Una alteración sutil pero constante. Como si su frecuencia estuviera desplazándose lentamente hacia un lugar desconocido. A veces aparecía una expansión luminosa en el pecho, una sensación de claridad casi hermosa. Otras veces, en cambio, sentía una incomodidad áspera recorriéndole el cuerpo, como una grieta abriéndose desde adentro.
Y lo peor no era la sensación. Era no entenderla. Porque Fairy siempre había confiado en su capacidad para nombrar lo que le ocurría. Incluso cuando dolía. Incluso cuando era feo. Pero aquello todavía no tenía forma. Y estaba muy lejos de su hogar.
“Si no hacés nada el sábado o el domingo a la mañana, ¿te gustaría tomar un café?”
—Prince.
Fairy leyó el mensaje dos veces antes de responder. No porque dudara, sino porque le divertía notar cómo algo tan simple podía alterar ligeramente el aire alrededor de su cuerpo.
“Eso sería muy lindo. El domingo suena bien para mí.”
La respuesta de Prince llegó rápido.
“Dulce. Estaba pensando en pedir un café y después ir hacia el Este a volar por los acantilados.”
Fairy sonrió sola.
“Perfecto. Me gustan mucho las caminatas. Voy a ir preparada con mi traje de baño.”
“Genial. Suena a que ya tenemos un plan.”
El domingo, Prince la pasó a buscar cuando el sol todavía no terminaba de decidir si iba a quedarse o esconderse detrás de las nubes. Había una luz indecisa suspendida sobre la selva, suave y pegajosa, que volvía todo ligeramente irreal.
La esperaba bajo un árbol enorme cuya copa caía hacia abajo como una campana vegetal. Desde lejos, Fairy primero distinguió el sombrero. Después la silueta. Luego el resto.
Prince estaba sentado con las piernas cruzadas, inmóvil, usando una musculosa blanca que dejaba al descubierto sus brazos pálidos. Había algo extraño en la quietud de su cuerpo. No parecía relajado. Parecía suspendido. Como si físicamente estuviera ahí, pero una parte de él todavía siguiera llegando.
Fairy lo vio antes de que él levantara la mirada, y tuvo unos segundos para observarlo sin ser observada. Le gustó eso más de lo que esperaba.
Cuando finalmente la vio, Prince sonrió apenas. Una sonrisa leve, lateral, casi privada. Fairy aceleró los últimos pasos y lo saludó con un beso rápido en el cachete. Sintió su piel fría y apenas húmeda, como si hubiese estado mucho tiempo debajo de la sombra.
—Hola, Fairy. ¿Cómo amaneciste?
—Más temprano de lo que quería —rió ella—. ¿Cómo estás? Gracias por venir hasta mi casa.
Prince llevaba puestos unos lentes de cristales celestes que volvían imposible saber exactamente hacia dónde estaba mirando. Fairy descubrió enseguida que eso la irritaba un poco. O la intrigaba. O ambas cosas.
La voz de Prince tembló apenas al responderle. Muy poco. Pero varias veces.
Fairy lo notó de inmediato.
Había aprendido a prestar atención a esas pequeñas fallas del cuerpo: manos inquietas, respiraciones fuera de ritmo, tensiones mal escondidas. El problema era que Prince no parecía nervioso de una forma evidente. Su incomodidad era más sofisticada. Estaba comprimida debajo de algo elegante y cuidadosamente sostenido.
Y eso le despertó curiosidad.
Fueron volando hasta el café. El trayecto estuvo lleno de silencios tranquilos. Fairy nunca había tenido problemas con el silencio, pero con Prince empezó a notar algo distinto: él no lo evitaba, aunque tampoco descansaba dentro de él. Era como si cada pausa se le llenara de pensamientos por dentro.
El café estaba bastante lleno. Algunas criaturas le sonrieron a Prince apenas entró. Otras lo saludaron levantando la mano. Una neófita incluso se acomodó el cabello cuando él pasó cerca. Fairy fingió no registrar nada mientras observaba la carta como si su vida dependiera de elegir correctamente una infusión.
Pidieron café y se sentaron cerca de una ventana abierta.
El vapor subía en espirales finas desde la taza de Fairy. Ella lo siguió con la mirada más tiempo del necesario. Había días en los que percibía pequeñas alteraciones en el movimiento de las cosas. Como si todo tuviera una segunda capa apenas desplazada de la realidad visible.
—¿Dormiste bien? —preguntó ella.
Prince tardó un segundo en responder.
—Salí anoche —dijo finalmente—. Fui a cazar.
Fairy levantó apenas las cejas.
Sabía que Prince era noble. Y las criaturas nobles no solían hablar de cacerías con tanta naturalidad, salvo que estuvieran intentando impresionar a alguien o atravesando algo raro. Las criaturas neófitas eran las que vivían desesperadas por la persecución, por el exceso, por el movimiento constante. Pero Prince no vibraba como un neófito.
No preguntó más.
Había aprendido hacía tiempo que algunas respuestas no aparecían en las palabras. A veces surgían en las pausas. En el cuerpo. En el modo en que una criatura sostenía una taza o evitaba una mirada.
Y había algo irregular en la frecuencia de Prince.
Algo apenas fuera de eje.
Después del café caminaron hacia el Este, como él había propuesto. Los acantilados aparecieron lentamente entre la vegetación seca, abiertos hacia el océano como una grieta luminosa. Desde arriba, el mar parecía moverse en capas: luz, ruido, viento y profundidad respirando al mismo tiempo.
Fairy sintió inmediatamente el cambio de frecuencia.
El océano era distinto a la selva. Más antiguo. Más estable. Las criaturas hablaban menos cerca del mar, aunque pocas veces lo notaban.
Caminaron bordeando los acantilados mientras el sol subía lentamente hasta quedar perpendicular sobre ellos. Fairy podía sentir el calor pegándose a la piel y el viento entrando debajo de su ropa fina.
Prince seguía nervioso.
No lograba ocultarlo del todo.
Su cuerpo se movía rígido por momentos, como si tuviera que pensar demasiado cada gesto. Los dedos le tamborileaban contra la pierna cuando creía que Fairy no estaba mirando. Y esos lentes seguían ocultándole los ojos de una forma que empezaba a parecerle injusta.
Porque ella sí sentía que Prince la observaba todo el tiempo.
Aunque no pudiera probarlo.
Fairy lo miró de reojo. Había algo familiar en él. No en su apariencia, sino en la tensión. Como si estuviera sosteniendo más cosas de las que podía mostrar sin romperse un poco.
—¿Bajamos al mar? —preguntó Fairy.
—Sí, claro —respondió él enseguida—. Vamos. ¿Venís mucho acá?
—No siempre —dijo Fairy mientras empezaban a bajar entre las piedras calientes—. Pero cada vez que puedo.
—¿Te gusta el mar?
Fairy sonrió apenas.
—Me hace bien.
El viento pasó entre los dos, levantándole mechones de pelo de la cara. Por un instante, Fairy sintió algo extraño. Una cercanía suspendida. Como si existiera una capa apenas desplazada vibrando entre ambos.
Algo que todavía no ocurría.
Pero que ya había empezado a acercarse.
Hacía realmente mucho calor, de ese calor espeso de Panacea que parecía pegarse a la piel como otra capa de cuerpo, así que Fairy agradeció que Prince hubiera aceptado bajar hasta donde estaba el mar. Apenas llegaron a la arena, ella se sacó la ropa casi sin pensar, con la naturalidad salvaje de quien todavía conserva algo de criatura indomable, y corrió hacia el agua antes de que el sol pudiera terminar de cocinarle la espalda. Prince, en cambio, se movía distinto. Más lento. Más consciente. Eligió cuidadosamente dónde dejar sus cosas, acomodó la mochila lejos de la línea húmeda de la marea y dobló su ropa con una precisión que a Fairy le pareció absurdamente noble. Como si incluso el caos del mar necesitara cierta diplomacia para acercarse a él.
Desde el agua, Fairy lo observó mientras se quitaba la remera. El cuerpo de Prince era más suave de lo que esperaba. No débil. Suave. Pálido bajo el sol brutal de Panacea, con esa clase de piel que parecía hecha para la sombra y las bibliotecas antiguas, no para una playa llena de criaturas semidesnudas y arena hirviendo. Entró al océano despacio, apenas hasta la cintura, evitando mojarse el torso por completo.
—¿Por qué no te metés del todo? ¿Tenés miedo? —preguntó Fairy, apartándose el pelo mojado de la cara.
Prince soltó una risa corta.
—Bueno… no es exactamente seguro quedarnos acá.
—¿Cómo que no? Mirá, hay criaturas allá también. Vengo casi todos los fines de semana.
—Sí, bueno, pero eso no evita que haya cocodrilos, tiburones, manta rayas o medusas. Sos solo muy suertuda.
Fairy abrió los ojos exageradamente, fingiendo espanto.
—Ah, perfecto. Me invitaste a una cita mortal.
—Yo jamás dije que esto fuera una cita —respondió él demasiado rápido.
Ella sonrió apenas. Ahí estaba otra vez: el temblor.
Fairy le salpicó agua y nadó unos metros más lejos, dejando que el mar la sostuviera. El agua salada abrazaba su cuerpo como si la conociera desde antes de existir.
—¿Y qué hacés si me pasa algo ahora mismo? —gritó desde no tan lejos.
Prince dudó apenas un segundo.
—Corro a la orilla y te deseo buena suerte.
Fairy largó una carcajada luminosa que se perdió entre el ruido del agua. Prince terminó acercándose nadando hasta quedar frente a ella. Muy cerca. Demasiado cerca para una conversación cualquiera. Las olas los empujaban apenas y Fairy podía sentir el movimiento del agua chocando entre ambos cuerpos, abriendo y cerrando la distancia como si el océano respirara por ellos. Prince seguía usando esos lentes absurdamente celestes incluso dentro del mar y eso debería haberle parecido ridículo, pero no. Le resultaba extrañamente atractivo. Misterioso de una manera irritante.
—Sos muy dramático para ser noble —dijo Fairy, volviéndolo a mojar.
—Y vos demasiado imprudente para seguir viva.
—Ese es justamente mi encanto.
Prince sonrió. Esta vez más relajado. Más real.
Salieron del agua cuando el sol empezó a caer perpendicular sobre ellos. La arena quemaba. Fairy se dejó caer boca arriba sin ningún problema, absorbiendo el calor como una lagartija encantada, mientras Prince buscaba un pedazo miserable de sombra al lado de una roca.
—¿Estás bien ahí? —preguntó Fairy entre risas.
—No todas las criaturas fuimos diseñadas para sobrevivir al fuego solar.
—No, claro. Algunas fueron diseñadas para usar sombreros ridículos y transpirar con elegancia.
Prince rió de verdad esta vez. La risa le cambió por completo el cuerpo. Fairy empezó a notarlo más suelto, menos armado. Ya no parecía sostener cada gesto como si alguien pudiera juzgarlo por respirar demasiado fuerte.
Hablaron durante horas. Del mar. De criaturas que habían desaparecido intentando cruzarlo. De los arrecifes bioluminiscentes del sur. De qué tipo de agua preferían. Prince decía que le gustaban los lagos porque eran silenciosos; Fairy decía que eso era sospechoso, porque solo las criaturas emocionalmente complejas preferían agua quieta.
—¿Y vos qué preferís entonces? —preguntó él.
—El océano. Siempre está cambiando de humor. Me hace sentir comprendida.
Prince la observó unos segundos demasiado largos. Fairy podía sentirlo incluso sin verle los ojos. El viento levantó apenas el borde de la musculosa húmeda de Fairy y Prince desvió la mirada tarde. Muy tarde. Fairy no dijo nada. Solo sonrió para sí misma, mirando el cielo.
Se hicieron casi las tres de la tarde cuando el hambre empezó a existir de nuevo. Decidieron volver antes de que el calor los derritiera del todo. El camino de regreso fue más silencioso, pero ya no incómodo. Era un silencio distinto. Uno que se acomodaba entre ambos como un animal grande descansando.
Al día siguiente, la Casa de Conjuros estaba más silenciosa que de costumbre. O quizás era Fairy. Había días en los que el silencio no era ausencia de sonido, sino presencia. Algo pesado, espeso, casi líquido. Ese lunes era uno de esos días.
Icul todavía no había llegado. A unos metros estaba Mit trabajando sobre una superficie de cobre; más lejos, Jarr clasificaba materiales sin levantar nunca la vista. Aynat escribía símbolos diminutos sobre tiras de tela oscura. Nadie hablaba. En la Casa de Conjuros, el lenguaje parecía considerarse una herramienta secundaria.
Fairy estaba sentada frente a una mesa vacía sin ninguna tarea asignada. Últimamente eso pasaba seguido. Seguía siendo nueva. Seguía estando, de algún modo, en evaluación.
Apoyó las manos sobre la madera. La superficie estaba tibia. O tal vez era ella.
Cerró los ojos apenas un instante, más por agotamiento que por intención, y entonces lo sintió. Un desplazamiento. Como si algo acabara de acomodarse apenas por debajo de la piel del mundo. Abrió los ojos lentamente. Todo estaba levemente fuera de lugar. Las manos. La mesa. El aire. Como si las cosas hubiesen corrido unos milímetros hacia otra frecuencia.
Fairy se quedó quieta. Había aprendido que cuando ciertas sensaciones aparecían, moverse demasiado rápido podía romperlas. Respiró lento y volvió a sentirlo. No era un sonido. Tampoco una voz. Era una vibración sutil atravesando el espacio entero al mismo tiempo. Fairy apoyó los dedos con más firmeza sobre la mesa.
Entonces entendió algo aterrador: su cuerpo reconocía esa frecuencia. Como si hubiera estado esperándola desde antes.
Volvió a cerrar los ojos y aparecieron tramas detrás de sus párpados. Líneas tensas, delicadas, unidas entre sí por puntos invisibles. Nada estaba quieto. Todo se ajustaba constantemente para no colapsar.
Fairy contuvo la respiración. Eso era. Eso que había sentido toda su vida sin poder nombrarlo. La frecuencia. Movió apenas la mano. No empujando. Acompañando. La vibración respondió. Fue un gesto mínimo, pero suficiente. La superficie de la mesa crujió apenas.
Fairy abrió los ojos de golpe. La madera seguía igual. Pero no. Había algo distinto. Más liviano. Más flexible. Como si hubiese aflojado una tensión interna invisible.
Retiró las manos rápidamente. El corazón le latía fuerte. Había hecho algo. No un accidente. No una ilusión. Un encantamiento. No aprendido. No enseñado. Propio.
Y en el mismo instante en que lo comprendió, sintió otra cosa. Una incomodidad mínima. La sensación precisa de haber sido percibida. Como si al tocar esa frecuencia… algo hubiese girado la cabeza hacia ella desde muy lejos.
Fairy levantó la mirada. La sala seguía exactamente igual. Mit trabajando. Jarr en silencio. Aynat escribiendo.
El mundo intacto. Y sin embargo, ya nada estaba intacto. Apoyó las manos sobre sus piernas. Le temblaban apenas. No de miedo. De reconocimiento.
—No puede ser… —susurró.
Pero sí podía. Había percibido. Había comprendido. Y por un instante breve, peligrosamente breve… había modificado. Fairy no volvió a tocar la mesa en todo el día. No porque no quisiera, sino porque intuía que si intentaba repetirlo, algo se rompería. Había ocurrido sin esfuerzo, sin método, sin fórmula. Y ahora todo en ella deseaba regresar ahí.
Esa noche salió a volar sola. No respondió mensajes. No fue a ver a Neb. No buscó a nadie.
En el norte de Panacea existía un mirador desde donde el océano parecía infinito. Fairy se sentó al borde, con las rodillas contra el pecho, mientras el viento le revolvía el cabello todavía salado. El eco de esa vibración seguía dentro suyo.
No podía oírlo. Pero lo recordaba perfectamente. Y por primera vez desde que había llegado a la selva… tuvo la sensación de que algo acababa de despertarse.
Al día siguiente llegó temprano a la Casa de Conjuros. Más temprano de lo necesario. El silencio aún no se había asentado del todo. Algunas criaturas recién comenzaban a ocupar sus lugares y el aire estaba más liviano, menos cargado de intención.
Esa mañana Prince la había saludado con un buen día, y como los últimos dos días, habían hablado a la mañana, al mediodía y a la noche, sin poder realmente cortar el hilo de conversación. Ellos continuaban como si el día no estuviese separado de la noche.
Fairy se sentó y esperó. No sabía exactamente qué estaba esperando, pero entendía que no podía forzarlo. Respiró una vez. Nada. Apoyó las manos sobre la mesa. Nada. Solo madera. Solo superficie. Solo lo evidente. Cerró los ojos. Intentó recordar la sensación exacta del día anterior. El punto en el que algo se había corrido. El momento en el que dejó de mirar y empezó a… percibir. Nada.
Frunció apenas el ceño. Había algo que no encajaba. El día anterior no había buscado nada. Y ahora sí. Eso lo cambiaba todo. Pero aun asi volvio a insistir. Ajustó la posición de los dedos y relajó los hombros. Dejó caer el peso del cuerpo. Y entonces…empujó. No físicamente, pero sí desde la intención. Y la vibración apareció. De golpe. Más fuerte que antes. Más clara. Más… invasiva.
Fairy abrió los ojos, no por miedo, por exceso esta vez. La mesa ya no era una mesa. Era demasiado. Las líneas estaban ahí otra vez, pero no eran suaves. No eran sutiles. Se tensaban unas contra otras, como si algo las estuviera llevando al límite. El aire alrededor se volvió denso. Pesado. Inquieto. Fairy intentó soltar. Pero no pudo. La sensación no desaparecía. Al contrario. Se intensificaba. Como si el gesto no hubiese abierto algo… sino activado. El corazón le empezó a latir rápido. Demasiado rápido. —No… —murmuró.
Movió las manos. Nada cambió. Las líneas seguían ahí. Vibrando. Forzadas. Como si estuvieran sosteniendo una forma que ya no querían sostener. Un crujido seco atravesó la mesa. No fue fuerte. Pero fue suficiente. Algunas criaturas levantaron la mirada. Fairy se quedó completamente quieta. No quería que la vieran. No quería que nadie la notara.
Intentó recordar cómo había salido el día anterior. Pero no había salida. Porque el día anterior no había entrado. Había sido invitada. Esto era distinto. Esto era intervención. La vibración empezó a desordenarse. Ya no era una trama. Era ruido. Fragmentos que no lograban encajar. Fairy sintió algo en el pecho. Una presión. No física. Interna. Como si su propia frecuencia estuviera intentando sostener algo que no le correspondía. Y ahí entendió. No estaba modificando la mesa. Se estaba modificando a sí misma.
Soltó. De golpe. Como quien suelta algo caliente. Las manos se despegaron de la superficie. La vibración se cortó. No suavemente. Bruscamente. El silencio volvió. Pero no era el mismo. Era más pesado. Más atento. Fairy respiró hondo. Una vez. Otra. Las criaturas volvieron a lo suyo. Nadie dijo nada. Pero algo había sido percibido. No como un evento. Como una alteración.
Bajó la mirada. La mesa estaba intacta. Pero había una pequeña línea en la madera. Una marca. Fina. Casi invisible. Apoyó las manos en sus piernas. Esta vez no temblaban. Estaban rígidas. Como si no fueran del todo suyas. —No se fuerza —susurró. No era una conclusión. Era una advertencia. Se quedó quieta un rato más. Sin intentar nada. Sin pensar. Solo sintiendo. Y en ese silencio, por primera vez, apareció algo nuevo. No una vibración. No una trama. Una ausencia. Un espacio donde antes había algo. Y ese vacío… no le resultó desconocido. La reconoció. Era el mismo tipo de sensación que vivía en ella. Desde siempre.
Fairy levantó la mirada lentamente. Si el encantamiento era una modificación de la frecuencia… ¿qué pasaba cuando la frecuencia no estaba completa? No intentó responder. Todavía no. Pero algo había cambiado. Ya no quería repetir lo que había hecho. Quería entender qué había tocado. Y por qué había respondido.
—¿Qué pasa, Fairy? ¿Te anda mal el reloj? —soltó Mit apenas la vio entrar.
Fairy dejó su bolso sobre la mesa sin apurarse.
—¿Qué pasó? ¿Ahora sos el asistente personal de Aynat? No me digas que también tengo que avisarte a vos cada vez que respiro.
Mit ni siquiera levantó la vista. Jamás la miraba a los ojos. Eso era algo que Fairy había notado desde el primer día: las criaturas verdaderamente peligrosas sostenían la mirada; las cobardes la evitaban y atacaban desde los costados, como animales que mordían tobillos.
“Fantástico”, pensó Fairy mientras se acomodaba el pelo detrás de la oreja. “No hace ni un mes que estoy acá y ya me gané un enemigo.”
Lo observó un segundo más.
“No, enemigo no. Psicópata.”
Hizo una pausa mental.
“No. Peor. Burócrata.”
Mit solo se animaba a hablarle así cuando Icul no estaba. Eso también lo había aprendido rápido. La ausencia de Icul se notaba incluso antes de entrar a la Casa de Conjuros. Sin ella, el aire se volvía más torpe. Las criaturas hacían ruido al mover herramientas, carraspeaban, caminaban más fuerte. Cuando Icul estaba presente, en cambio, todo se alineaba solo. No era autoridad exactamente. Era otra cosa. Como si la realidad misma se acomodara apenas ella respiraba.
Fairy alcanzaba a sentirla antes de verla. Una presión leve detrás del esternón. El silencio enderezándose. Y entonces lo sintió. Las emociones de Mit se aplacaron de golpe. Icul estaba cerca.
Fairy bajó la mirada automáticamente. Desde lo de la mesa se sentía extraña, demasiado permeable. Como si algo en ella hubiese quedado abierto. Y lo peor era que Icul parecía notar exactamente aquello que Fairy todavía no podía nombrar.
—Fairy.
No levantó la cabeza enseguida. Sabía que no era una pregunta.
—Vení.
La siguió hasta el fondo de la Casa de Conjuros. Ahí el silencio cambiaba de textura. Dejaba de ser compartido para volverse impuesto. Había una mesa vieja, marcada por décadas de trabajo, y nada alrededor. Ninguna herramienta. Ningún adorno. Solo espacio.
Icul se giró despacio.
—¿Qué hiciste?
Fairy sostuvo la mirada apenas un instante.
—No sé.
Icul no reaccionó. Nunca reaccionaba. Esa era una de las cosas más insoportables de ella. Fairy hubiese preferido un grito. Incluso una amenaza. Pero Icul jamás regalaba emoción. Había criaturas que seducían con palabras; Icul, en cambio, desnudaba criaturas con silencios.
—Intentaste —dijo finalmente.
No sonó como sospecha. Sonó como diagnóstico.
Fairy tragó saliva.
—Sí.
El silencio se tensó apenas.
—¿Y?
—No salió bien.
Icul inclinó apenas la cabeza.
—¿Qué tocaste?
La pregunta le atravesó el pecho porque Fairy entendió inmediatamente que no hablaba de la mesa.
—La estructura… creo. Algo abajo. Como una frecuencia.
Icul guardó silencio unos segundos demasiado largos.
—No se empuja.
Fairy sintió un pequeño golpe en el pecho. Exactamente las mismas palabras que ella se había repetido sola la noche anterior.
—Lo sé.
Icul se acercó apenas.
—No. Ahora lo sabés.
Fairy sintió calor subirle por el cuello.
Había algo profundamente incómodo en sentirse observada por Icul. Era parecido —solo parecido— a cuando Prince la miraba demasiado tiempo seguido y ella terminaba fingiendo interés absoluto por cualquier piedra, taza o árbol cercano. Pero mientras Prince le provocaba una electricidad ridícula en el cuerpo, Icul daba la sensación de que podía abrirle el pecho con las manos y revisar sus pensamientos como archivos mal ordenados.
Y como si el Universo Coloidal tuviera un sentido del humor particularmente agresivo, Fairy sintió en ese mismo instante la frecuencia de Prince acercándose a la Casa. Ni siquiera necesitó verlo. Ya reconocía su presencia antes de escuchar sus pasos. Lo cual era absurdamente preocupante.
Desde una de las ventanas abiertas alcanzó a verlo cruzar el exterior de la Casa. Remera clara, lentes azules, el cabello apenas húmedo por el calor insoportable de Panacea. Caminaba lento, con esa calma engañosa que hacía parecer que jamás tenía apuro por nada.
Icul notó el mínimo desplazamiento de su atención.
Por supuesto que lo notó.
—Concentrate —dijo, sin levantar la voz.
Fairy volvió demasiado rápido hacia ella.
—Lo estoy haciendo.
—Claro.
La forma seca en que respondió le dio ganas de evaporarse espontáneamente. Porque Fairy empezaba a sospechar que el problema no era solamente mágico. Había algo raro ocurriendo con sus límites. Con su frecuencia. Con la forma en que ciertas criaturas parecían acercarse demasiado a su cuerpo incluso sin tocarla.
Icul volvió a hablar.
—Lo que tocaste no es la mesa. Es la relación entre vos y la mesa.
Algo en Fairy se tensó inmediatamente.
—Si no sabés dónde terminás vos… no podés intervenir nada.
La frase cayó pesada.
Porque Fairy entendía perfectamente a qué se refería.
Últimamente todo vibraba demasiado cerca. Los árboles. El calor. Las emociones ajenas. Y Prince… bueno. Prince directamente parecía alterar la temperatura del aire cuando estaba alrededor.
Había empezado a notar cosas completamente estúpidas. La curva de sus manos. La manera lenta en que se quitaba los lentes. Cómo sonreía apenas de costado cuando ella decía algo irónico. Incluso el silencio entre ambos había cambiado. Ya no era simplemente cómodo. Era íntimo. Y eso era muchísimo peor.
—No está incompleto —dijo Fairy de pronto, casi sin pensar.
Icul frunció apenas el ceño.
—¿Qué?
—Eso que sentí. El vacío. No está roto.
La sala quedó inmóvil.
—Es espacio —continuó Fairy lentamente—. Creo que me equivoqué intentando llenarlo.
Icul no interrumpió.
—Cuando intenté tocar esa frecuencia… la forcé. Pero creo que no necesita completarse.
—¿Y qué creés entonces?
Fairy levantó la mirada despacio.
—Que es por donde pasa.
La frase salió sola. Y apenas la dijo, algo dentro de ella se acomodó. Como si hubiese encontrado una puerta que llevaba años rozando a ciegas.
Icul la observó en silencio.
—Eso no se lo escuché decir a nadie.
No sonó como elogio. Sonó peor. Sonó como reconocimiento.
—Es peligroso —agregó.
Fairy asintió. Lo sabía.
También sabía que empezaba a sentir exactamente lo mismo cada vez que Prince estaba cerca: la sensación de que algo se abría dentro suyo sin pedir permiso.
Icul la sostuvo con la mirada unos segundos más antes de hablar otra vez.
—No es una falla.
La frase cayó suave. Directa al pecho.
Fairy seguía sintiendo la presencia de Prince, intentó pensar en alguna excusa para tener que bajar la escaleras y verlo. Estaba con las manos apoyadas suavemente en la mesa, se trataba de un encanto menor, Icul le había dejado esa tarea por el día de hoy. Fairy tenia la mirada fija en algo que no podía ver, absorta tratando de pensar como salir de ahí. Apoyó las manos sobre la mesa y respiró lento. La vibración apareció enseguida debajo de sus dedos. Ese pequeño pulso invisible que ahora encontraba en casi todo.
En ese momento algo cambió en el aire. No fue brusco. Fue peor. Sutil. Fairy sintió una alteración leve detrás suyo. Una presencia fría entrando en una sala demasiado tibia. No necesitó girarse para saber quién era.
Prince.
El cuerpo reaccionó antes que el pensamiento. Sintió cómo la espalda se le tensaba apenas y cómo una efervescencia le circulaba lentamente por el cuello. Odió un poco que eso siguiera pasando.
Prince estaba apoyado cerca de la entrada con esa calma sospechosa que siempre parecía cargar encima. Lentes celestes, ropa clara, el cuerpo relajado de alguien que fingía perfectamente no estar observando demasiado. Pero Fairy ya sabía reconocerlo. Prince miraba como si todo fuera una conversación privada.
Y en ese momento la estaba mirando solo a ella.
—Viniste —dijo Fairy, intentando sonar mucho más normal de lo que se sentía.
—Eso suele pasar cuando alguien me dice “pasá cuando quieras”.
—No pensé que fueras a tomártelo tan literal.
Prince sonrió apenas. Esa sonrisa mínima que parecía ocurrir primero en los ojos y después en la boca. La ropa parecía apretarle el cuerpo.
—Las criaturas nobles tenemos muchos defectos, pero obedecer invitaciones no es uno de ellos.
Mit levantó apenas una ceja desde el fondo.
—Claro. Nobles.
Prince ignoró el comentario con elegancia ofensiva.
Fairy volvió a bajar la mirada hacia la mesa intentando recuperar concentración, pero ya era tarde. La vibración debajo de sus dedos estaba completamente alterada. Más intensa. Más errática. Como si el cuerpo estuviera reaccionando a la simple presencia de él en la habitación.
Prince empezó a acercarse despacio entre las mesas. No invadía el espacio. Nunca lo hacía. Y quizás por eso Fairy notaba tanto cada centímetro que reducía entre ellos.
Cuando llegó a su lado, apoyó una mano sobre el borde de la mesa, apenas cerca de la de ella. No la tocó. Ni siquiera rozó sus dedos. Pero Fairy sintió igual el cambio de temperatura.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó él en voz baja.
—Intentando no destruir materia básica.
—¿Y cómo va eso?
Fairy giró apenas la cabeza para mirarlo.
—Depende. ¿Viniste a distraerme profesionalmente?
Prince inclinó un poco el rostro hacia ella. Lo suficiente para que Fairy pudiera sentir el frío leve de su respiración cerca del cuello.
—No sabía que necesitabas ayuda con eso.
Fairy sostuvo la mirada apenas un segundo más de lo prudente.
Y la mesa crujió.
Los dos bajaron la vista al mismo tiempo.
La superficie vibró apenas debajo de las manos de Fairy antes de estabilizarse otra vez.
Prince sonrió lento.
—Bueno… definitivamente te distraigo.
Fairy apartó las manos inmediatamente y soltó aire por la nariz, intentando ocultar la risa.
—Esto es tu culpa.
—Eso también suele pasar bastante.
Había algo insoportablemente tranquilo en él. Como si disfrutara verla perder el equilibrio sin necesidad de hacer demasiado. Y lo peor era que Fairy empezaba a sospechar que ella hacía exactamente lo mismo con él.
Prince se quedó observándola unos segundos más. Esta vez sin hablar. Fairy sintió el peso de esa mirada recorrerle el cuerpo lentamente, no de manera descarada, sino curiosa. Atenta. Como si estuviera intentando entender algo que todavía no lograba nombrar.
—Tenes demasiado alboroto cerca de los ojos —dijo él finalmente.
Fairy parpadeó apenas.
—¿Estoy despeinada?
Prince asintió.
—La densidad de tu pelo y el volumen que ocupa junto con lo que llevas puesto, todo alrededor tuyo, está interfiriendo —hizo una pausa breve— la ropa, el pelo, las joyas, la materia que antes usabas, ahora te pesa.
El comentario le recorrió el pecho de una forma incómodamente íntima.
Fairy intentó reírse para alivianar el momento.
—Qué análisis profundo para alguien que usa lentes azules adentro de un taller.
Prince soltó una risa suave.
—Son estratégicos.
—¿Estratégicos para qué?
Prince inclinó apenas la cabeza.
El silencio entre los dos se tensó apenas.
Fairy sintió calor otra vez.
Prince la observó un segundo más antes de enderezarse despacio.
—¿Querés ir a almorzar en tu break? —preguntó.
—¿Eso es una invitación o un intento de rescate?
—Todavía no decido.
Fairy sonrió.
Y por primera vez en días, el ruido dentro de ella se acomodó apenas. Como si la frecuencia de Prince no apagara el caos… pero lograra bailar con él sin romperse.
Prince terminó llevándose a Fairy de la Casa de Conjuros apenas unos minutos después. Caminaron sin apuro por uno de los senderos laterales que bordeaban las zonas más densas de vegetación. Prince llevaba las manos en los bolsillos y Fairy notó que, cuando estaban solos, él parecía menos contenido. Más suave. Como si el resto del mundo le exigiera sostener cierta postura que abandonaba apenas podía quedarse a solas con ella.
—¿Te invité en un mal momento? —preguntó Prince después de un rato.
Fairy sonrió apenas.
—Tremendamente malo, ¿no viste que casi convierto la mesa en un pony?
—Todavía lo estoy integrando.
—Bueno, avisame si necesitas que te explique el procedimiento.
Prince soltó una risa baja, de esas que parecían salirle sin esfuerzo.
—No, si, definitivamente lo que vimos hoy necesita una explicación.
Fairy se rió y sintió cómo la tensión que le había quedado en el cuerpo después de hablar con Icul empezaba a aflojarse lentamente. Prince tenía ese efecto en ella. No porque hiciera demasiado, sino porque parecía desarmar el ruido de su cabeza apenas estando cerca. Hablaron durante un rato de cosas pequeñas: del calor insoportable de la Casa de Conjuros, de criaturas particularmente irritantes y de un café horrible que Prince había tomado esa mañana pero que igual había terminado “por principios”. Fairy se rió tanto con eso que, cuando levantó la vista, lo encontró mirándola en silencio.
Últimamente pasaba seguido.
Esas pausas.
Esos segundos donde Prince parecía olvidarse de responder porque estaba observándola.
Y Fairy empezaba a notar demasiado el efecto que eso le provocaba.
Cuando llegaron cerca del límite donde empezaba la parte más húmeda de la selva, Prince frenó apenas y la miró de costado.
—¿Qué hacés más tarde?
Fairy arqueó apenas una ceja.
— Hmmm… esta no es una pregunta retórica y sin embargo suena a que si lo será.
—Eso sonó peligrosamente noble.
Fairy sonrió.
—Te paso a buscar después de cenar. Quiero mostrarte la selva de noche.
Fairy sintió una pequeña corriente incómoda atravesándole el pecho. No era miedo exactamente. Era algo peor: anticipación.
—Bueno —respondió intentando sonar casual—. Me gusta la noche.
—Ya lo noté.
La forma en que lo dijo hizo que Fairy desviara la mirada apenas demasiado tarde. Prince se acercó lo suficiente como para rozarle el brazo con el dorso de los dedos y ese gesto mínimo le recorrió el cuerpo completo como si alguien hubiese alterado la frecuencia del aire.
Esa noche, cuando Prince volvió a buscarla, Panacea parecía otro territorio. La selva nocturna tenía algo profundamente íntimo. Los sonidos no desaparecían; cambiaban. Todo vibraba más cerca del cuerpo. El ruido de los insectos, el movimiento lento de las hojas, el agua desplazándose en algún lugar invisible. Caminaban uno al lado del otro mientras la luz de la luna atravesaba apenas algunas zonas del sendero, y Fairy descubrió algo peligrosamente inconveniente: Prince era todavía más hermoso de noche.
La piel clara absorbía la luz en lugar de reflejarla y sus movimientos parecían aún más suaves dentro de la oscuridad. Caminaba cerca. A veces demasiado cerca. Cada pequeño roce entre sus hombros hacía que Fairy se volviera excesivamente consciente de su propio cuerpo, como si algo en ella hubiese empezado a reaccionar automáticamente a la presencia física de Prince.
—Estás callada —dijo él después de un rato.
—Estoy pensando.
—Eso suele ser peligroso.
—Sí, bueno. También inevitable.
Prince sonrió apenas y siguieron avanzando hasta llegar a una zona donde las raíces enormes formaban una especie de arco natural. Allí se detuvieron. El silencio empezó a sentirse demasiado presente entre los dos y Fairy supo que, si no hablaba ahora, probablemente no lo haría nunca.
Respiró hondo antes de mirar hacia la selva en lugar de mirarlo a él.
—Hace mucho que no salgo con alguien.
Prince no respondió enseguida. Y eso le gustaba. Nunca corría a llenar los espacios vacíos.
—¿Con alguien? —preguntó finalmente.
Fairy hizo una pequeña mueca incómoda.
—Con criaturas en general. Y tampoco sé muy bien cómo manejarme con nobles específicamente.
Prince soltó una risa baja.
—¿Manejarte?
—Sí. Son raros.
—Nos dicen mucho eso.
—Porque es verdad.
Prince seguía sonriendo, pero había algo atento detrás de su mirada. Algo más serio. Fairy jugueteó distraídamente con una hoja entre los dedos antes de seguir hablando.
—Solo… no quiero hacer las cosas raro.
—Creo que ya es tarde para eso.
Ella soltó una risa nerviosa y después suspiró.
—No, hablo en serio. Creo que para mí la amistad es la base de todo. Me gustaría que eso exista primero entre nosotros, de verdad. Y después… si algo deviene de eso, genial. Pero necesito sentir que puedo confiar en alguien antes de cualquier otra cosa.
El silencio cayó entre los dos y Fairy sintió inmediatamente unas ganas insoportables de desaparecer.
Se tapó los ojos apenas con una mano y soltó una risa avergonzada.
—Wow. Soné intensísima.
Prince se quedó mirándola un segundo más y después soltó una risa genuina, suave.
—Sí. Un poco.
Fairy le pegó despacio el brazo.
—No era necesario confirmarlo.
—Pero también fue lindo.
La miró directo cuando dijo eso y Fairy sintió el corazón golpeándole demasiado fuerte. Prince se acercó apenas. No suficiente para besarla. Nunca suficiente como para hacer algo completamente claro. Pero sí lo bastante cerca como para que la tensión entre los dos volviera a instalarse en el aire, cálida y eléctrica.
—No me interesa algo que no pueda sostenerse como amistad primero —dijo él más bajo esta vez—. Los nobles hacemos muchas cosas mal, Fairy. Pero sabemos reconocer cuándo algo vale la pena.
Y fue justamente por eso que, cuando volvió sola a su casa más tarde, el vacío apareció de golpe. No era tristeza exactamente. Era algo más silencioso. Más profundo. Se acostó todavía sintiendo el olor húmedo de la selva pegado a la piel y repasó la conversación completa una y otra vez. Cada palabra. Cada pausa. Cada mirada. Y entonces apareció el miedo.
Quizás había hablado demasiado. Quizás había arruinado algo antes de que realmente empezara. Quizás Prince perdería el interés ahora que sabía que ella necesitaba tiempo, amistad, cuidado. Quizás las criaturas nobles se cansaban rápido de las cosas complejas. Quizás había demasiadas partes extrañas y desordenadas dentro suyo como para sostener el interés de alguien como él.
Y ahí lo sintió por primera vez. El vacío. No el que aparecía durante los encantamientos. Este era distinto. Más humano. Una sensación hueca debajo del pecho, como si algo se hubiese abierto lentamente mientras hablaba con Prince y ahora no supiera cómo cerrarse otra vez.
Fairy giró sobre la cama mirando el techo oscuro mientras la selva respiraba afuera. Y por primera vez desde que había llegado a Panacea, entendió que no solo le daba miedo perderse a sí misma. También empezaba a darle miedo perder a alguien más.
La Casa de Conjuros estaba particularmente calurosa esa mañana. El aire húmedo se pegaba a las paredes y hacía que incluso las criaturas más pacientes trabajaran con una lentitud irritada. Fairy había terminado por recogerse el pelo alto, dejando el cuello completamente descubierto. No llevaba anillos, ni collares, ni los pañuelos que normalmente ataba alrededor de sus brazos o cintura. Solo una remera negra de breteles finos y un pantalón claro demasiado liviano para la cantidad de herramientas y materiales que la rodeaban. Aun así, seguía sintiendo el cuerpo pesado. No cansado exactamente. Pesado de presencia, como si todo lo que tocaba tardara un poco más en separarse de ella.
Frente a la mesa intentaba sostener un encantamiento menor de alineación, uno simple, casi automático en otro momento de su vida, pero ahora exigía una atención distinta, más fina, como si la materia ya no obedeciera por costumbre sino por negociación. Había algo raro en la forma en que las frecuencias se adherían a ella, como si el trabajo no ocurriera únicamente en sus manos sino también en el aire alrededor de su cuerpo, en la distancia entre su piel y lo que intentaba modificar.
Respiró lento, recordando a Prince. Su voz le volvió con una claridad incómoda, como si todavía estuviera demasiado cerca, explicándole con esa calma casi casual que la ropa, el pelo, incluso el peso de lo que llevaba puesto alrededor, podía interferir con lo que hacía. Desde entonces había empezado a sacarse cosas sin demasiada decisión consciente, primero los anillos, después los pañuelos, después algunas capas que antes le daban seguridad. No sabía si Prince tenía razón, pero había algo que sí era evidente: la materia empezaba a sentirse como ruido.
La superficie frente a ella vibró apenas. El encanto estaba funcionando, aunque no como antes, sino con una especie de deriva suave, más orgánica, menos obediente.
—Estás compensando mal la carga.
La voz de Icul apareció detrás suyo como una corriente fría. Fairy no se sobresaltó, pero su atención se tensó de inmediato. Levantó apenas la mirada mientras Icul observaba el trabajo con los brazos cruzados, sin interés superficial, como si estuviera leyendo algo más allá de la mesa, algo que también incluía el cuerpo de Fairy, su cuello descubierto, sus manos vacías, la forma en que ocupaba el espacio sin los adornos habituales.
—No sabía que estabas ahí —dijo Fairy.
—Lo sé —respondió Icul sin cambiar el tono.
Icul dio un paso más cerca y el aire pareció acomodarse de forma casi automática, como si el lugar reconociera su presencia y ajustara su comportamiento. Eso siempre pasaba con ella. No imponía el orden, lo revelaba.
—Te sacaste peso —dijo finalmente.
No sonó como una pregunta.
Fairy bajó la mirada hacia sí misma, como si recién lo notara del todo.
—Supongo.
Icul inclinó apenas la cabeza, observándola con una atención demasiado precisa para ser cómoda.
—No es solo comodidad. La materia empezó a interferirte.
Fairy frunció el ceño.
—¿Interferirme?
—Tu frecuencia está cambiando. Algunas criaturas, cuando atraviesan ciertos estadios, empiezan a rechazar acumulación material. Metales. Capas. Objetos cargados. El cuerpo intenta quedarse con menos cosas encima.
Fairy sintió un escalofrío breve, más de reconocimiento que de miedo.
—Eso suena un poco dramático.
—Lo es —dijo Icul sin suavizarlo.
Icul rodeó la mesa con lentitud, observando el encanto aún activo, como si el movimiento mismo de la magia le resultara más interesante que su resultado.
—Las criaturas comunes estabilizan su frecuencia a través de la materia —continuó—. La ropa, los símbolos, los objetos personales. Pero existen casos donde sucede lo contrario.
Fairy sostuvo la respiración sin darse cuenta.
—¿Qué casos?
Icul tardó unos segundos en responder, como si midiera el peso exacto de lo que iba a decir.
—Las criaturas de doble aliento.
El nombre quedó suspendido en el aire como algo antiguo que no debería haberse pronunciado tan livianamente. Fairy sintió un pequeño movimiento en el pecho, como si su cuerpo lo reconociera antes que su mente.
—Nunca escuché eso —dijo.
—No me sorprende —respondió Icul.
Apoyó dos dedos sobre la mesa. El encanto reaccionó apenas, como si escuchara también.
—Son criaturas cuya frecuencia no termina de fijarse en un único patrón. Habitan dos corrientes simultáneamente. Y cuando eso ocurre… el cuerpo cambia primero.
Fairy tragó saliva.
—¿Y eso qué significa?
Icul la miró directo por primera vez desde que había empezado la conversación.
—Que si no aprendés a sostenerlo, todo empieza a sentirse excesivo. La ropa. El ruido. El contacto. Las emociones.
Fairy desvió la mirada apenas un segundo demasiado tarde, porque el mundo, efectivamente, se había vuelto más intenso. Y Prince también. Como si pensarlo fuera suficiente para traerlo, algunas criaturas cerca de la entrada levantaron la cabeza casi al mismo tiempo. La frecuencia del lugar cambió antes de que Fairy lo viera.
No fue brusco. Fue una ondulación suave, como agua que reconoce una piedra antes de verla.
Prince acababa de entrar a la Casa de Conjuros.
Y Fairy sintió, con una precisión irritante, que su cuerpo lo había notado antes que ella.
Las criaturas lo saludaban distinto ahora, con una familiaridad relajada, incluso con cierta curiosidad divertida. Prince caminaba entre las mesas con esa elegancia distraída que parecía no exigir esfuerzo, como si el lugar siempre le quedara un poco bien sin pertenecerle del todo. Llevaba las mangas remangadas y el calor le había desordenado apenas el cabello claro. Cuando encontró la mirada de Fairy, sonrió de inmediato, una sonrisa pequeña, contenida, como si ya estuvieran compartiendo algo que no necesitaba testigos.
Icul observó esa interacción en silencio. Después volvió a mirar a Fairy, y no dijo nada, pero entendió demasiado. Prince se acercó despacio, deteniéndose primero en el encantamiento, luego en ella, como si eligiera dónde poner la atención sin apuro.
—Bueno… claramente interrumpí algo serio —dijo.
Fairy soltó una risa breve.
—Un poco.
Prince apoyó una mano en el borde de la mesa, muy cerca de la de ella, sin tocarla del todo. Pero la distancia era lo suficientemente pequeña como para que el cuerpo de Fairy la registrara igual, como un error mínimo en una ecuación que de repente lo cambia todo.
—Te queda lindo el pelo así —dijo él.
Fue una frase simple. Sin intención aparente. Y aun así el encanto frente a ella perdió por un instante su ritmo. Icul lo notó, por supuesto que lo notó.
—Interesante momento para aparecer —dijo Icul.
Prince sonrió apenas, sin incomodarse.
—Siempre tengo buen timing.
—No. Solo mucha confianza.
Fairy tuvo que contener una risa. Prince la miró entonces directamente, y por un segundo la sala entera pareció bajar de intensidad, como si todo lo demás entendiera que no era su turno. Fairy odiaba un poco lo fácil que su cuerpo respondía a eso, a esa forma de presencia, a esa atención que no pedía permiso pero tampoco invadía del todo, como si supiera exactamente cuánto acercarse sin romper nada.
—Adiós, un placer conocerte Icul. Nos vemos el fin de semana Fairy.
––Igualmente Prince.
Fairy había olvidado completamente que ese fin de semana saldrán la ptriubo de prince y la de ella finalmente al mismo lugar y se conocerían, sintió un escalofrío, y excitación.
Ese fin de semana, la selva entera parecía moverse hacia la noche como si fuera un solo cuerpo que ya había decidido festejar antes de que alguien diera permiso. No era un evento formal, pero todas las criaturas sabían que iba a pasar algo de esos encuentros donde las tribus se mezclaban sin jerarquías ni reglas claras, solo con el acuerdo tácito de que la noche pertenecía a quien supiera habitarla.
Fairy llegó con su grupo un poco antes de lo habitual. No estaba nerviosa por la salida en sí, sino por lo que venía con ella. Prince iba a estar ahí. Y por primera vez, no solo como alguien que ella conocía, sino como alguien que sus amigos iban a ver, analizar, interrumpir y probablemente comentar sin filtro. Eso le generaba una incomodidad extraña, como si algo privado se volviera ligeramente público sin haber pedido permiso.
Cuando llegaron al claro, el lugar ya estaba vivo. No con luces artificiales, sino con esa luminosidad orgánica que aparecía cuando muchas criaturas compartían espacio sin intentar dominarlo. El sonido venía de todos lados: golpes suaves en madera, risas cruzadas, movimientos que generaban ritmo más que seguirlo.
Elad y Enilec ya estaban ahí. Como siempre, parecían ocupar el espacio de dos maneras completamente distintas pero perfectamente compatibles. Elad estaba más retraído, observando todo con atención casi excesiva, como si la socialización fuera un problema matemático que todavía no había terminado de resolver. Hablaba en voz baja, midiendo cada palabra como si pudiera romper algo si la decía demasiado fuerte.
—No entiendo por qué la gente necesita tantas capas de interacción —murmuró Elad mientras miraba el movimiento general del lugar.
Enilec, en cambio, giró sobre sí misma como si ya estuviera bailando antes de que la música empezara.
—Porque si no, sería muy aburrido existir —respondió, riéndose mientras saludaba a tres criaturas distintas sin dejar de hablar—. Además, vos no necesitás entenderlo, solo dejar de pelearte con eso.
—No estoy peleándome —dijo él.
—Estás peleándote en voz baja, que es peor —contestó ella, dándole un empujón suave con el hombro.
Elad no respondió, pero la siguió igual, como si esa fuera su forma de no perderla en el ruido del mundo.
Fairy los observó un segundo. Había algo en Enilec que esa noche le llamó la atención sin razón clara. Estaba más suelta de lo habitual, más luminosa, como si el hecho de estar rodeada de otras criaturas no la comprimiera sino que la expandiera. La vio reír más fuerte, moverse más libre, incluso hace un baile bastante alocado en sintonía con Prince.
Cuando lo encontró, su mirada la encontró casi de inmediato. Y como siempre, no hubo sorpresa en su expresión, solo una especie de reconocimiento tranquilo, como si ella ya hubiera estado ahí desde antes.
Fairy sintió algo en el pecho que no terminaba de ordenar. Y después dejó de pensar en eso. Porque Prince, sin decir nada, se acercó lo suficiente como para estar dentro de su espacio sin invadirlo. Y en algún punto entre una conversación ajena y el movimiento general del lugar, apoyó un pie sobre el de ella.
No fue un gesto evidente. No fue anunciado. Fue casi accidental. Pero no se retiró. Fairy tampoco. Y sin que ninguno lo comentara, ese se volvió el lenguaje de la noche entre ellos. Mientras todo el mundo hablaba, reía y se cruzaba en distintas direcciones, ellos se comunicaban a través de ese contacto mínimo, ajustado, constante. Un pie sobre otro, un leve cambio de presión, una respuesta silenciosa que no necesitaba interpretación verbal.
—¿Eso es una nueva forma de saludo entre tribus nobles? —preguntó Elad en algún momento, mirando hacia abajo con genuina curiosidad.
—No —respondió Enilec riéndose—. Eso es otra cosa.
—¿Qué cosa?
—No sé todavía —dijo ella, con una sonrisa demasiado consciente.
Enilec seguía moviéndose con una soltura que Fairy no había visto antes en ella. Bailaba con cualquiera que se cruzara en su camino, giraba, reía, respondía a todos con la misma facilidad. Pero cada tanto volvía a Elad, tocándole el brazo o acomodándose a su lado como si hubiera un eje invisible que nunca perdía del todo.
Elad, por su parte, seguía siendo torpe en lo social, pero extraño en su constancia. No intentaba encajar en la energía del lugar, solo seguía a Enilec como si eso fuera suficiente para entenderlo todo.
—Estás hablando más que de costumbre —le dijo él en un momento, mientras ella saludaba a otra criatura.
—Estoy compensando tu silencio estructural —respondió Enilec sin mirarlo.
—No tengo silencio estructural.
—Sí lo tenés —dijo ella—. Es adorable.
Fairy volvió a perderse en ellos por un segundo, hasta que el contacto en su pie cambió ligeramente. Prince había ajustado su posición, acercándose apenas más, y eso fue suficiente para que todo lo demás quedara en segundo plano.
Desde ese momento, ya no hicieron otra cosa que eso.
No necesitaban bailar juntos de forma explícita, porque ya estaban dentro de su propio ritmo, separado del resto. A veces Fairy movía el pie apenas, y Prince respondía. Otras veces era al revés. Pequeñas presiones, pausas, encuentros mínimos que hacían que el mundo alrededor se sintiera más lejano sin desaparecer.
—Si siguen así voy a empezar a cobrar entrada por esto —dijo Sihrc apareciendo de la nada.
Ippihc estaba cerca de Dis, y ambos bailaban de una forma completamente distinta al resto. No era un baile social, sino algo más interno, casi espiritual, como si se movieran siguiendo corrientes que nadie más podía ver. Dis giraba con los ojos cerrados, y Ippihc la seguía sin tocarla demasiado, pero siempre alineado con su movimiento.
—Esto es muy hermoso o muy preocupante —comentó Sirhc con Fairy y ambos rieron.
—Es lo mismo —respondió Ippihc sin abrir los ojos.
Dis soltó una risa suave mientras giraba.
—No es preocupante —dijo ella—. Es que ustedes bailan demasiado en la superficie.
—¿Y nosotros qué hacemos? —preguntó Fairy.
—Ustedes sobreviven a la gravedad —respondió ella simplemente.
Nadie discutió eso.
Más tarde, Enilec volvió a pasar cerca de Fairy y Prince y los miró un segundo con una sonrisa ladeada, como si entendiera algo que no iba a explicar.
La noche siguió así, sin centro fijo, con grupos que se armaban y desarmaban constantemente, con risas que no tenían dueño y conversaciones que no terminaban donde empezaban. Pero Fairy, en algún punto, dejó de registrar todo eso con claridad.
En algún punto de la noche, entre risas cruzadas, movimientos de cuerpos y conversaciones que se solapaban unas con otras sin orden fijo, Fairy sintió cómo su energía empezaba a cambiar. No fue un corte brusco, sino ese tipo de desgaste que aparece cuando algo que era expansión constante empieza lentamente a retirarse hacia adentro. Su cuerpo, que un rato antes parecía ligero y dispuesto a sostenerlo todo, ahora empezaba a pedir una pausa sin decirlo en voz alta.
Ippihc lo notó antes de que ella lo admitiera. Estaba cerca, observando el movimiento general del grupo con esa atención silenciosa que tenía, como si nada escapara del todo a su percepción.
—Estás bajando de frecuencia —dijo sin mirarla directamente.
Fairy soltó una pequeña risa, casi automática.
—No estoy bajando nada.
Ippihc giró apenas la cabeza hacia ella, con una calma que no discutía, solo afirmaba.
—Sí estás. Y no pasa nada.
Fairy dudó. La música seguía, las voces seguían, Prince seguía ahí en algún punto de ese todo que no quería perderse. Había una parte de ella que se resistía a salir, como si detenerse significara romper algo invisible que todavía estaba en construcción.
Ippihc suavizó la mirada, sin insistencia.
—Si es tu momento, no lo fuerces —dijo—. Sentate. Descansá. El resto no se va a ir sin vos.
La frase cayó con una simplicidad extraña, casi obvia, pero igual necesaria. Fairy bajó la mirada hacia el suelo. Era verdad. No era miedo a perderse algo. Era otra cosa más difícil de nombrar: la sensación de que su energía venía en oleadas absolutas, completas, y cuando se retiraba, lo hacía del todo, como si el mundo quedara de pronto un poco más lejos.
Asintió apenas.
—Un rato —dijo, como si tuviera que negociar consigo misma.
Se apartó del centro sin dramatismo, dejando que el movimiento del grupo siguiera sin ella. Se sentó sobre una superficie de madera cálida, ligeramente elevada del suelo, desde donde todavía podía ver parte del claro, las luces suaves, las sombras en movimiento.
No habían pasado más de unos segundos cuando sintió la presencia de Prince acercándose. No fue una llegada evidente, sino una continuidad del espacio que ya estaba compartiendo con ella durante toda la noche. Se sentó a su lado sin preguntar nada, como si ese lugar ya le perteneciera también en esa pausa.
Fairy no lo miró de inmediato. Solo sonrió hacia adentro, de esa forma casi invisible en la que algo se acomoda sin necesidad de ser dicho.
Durante unos segundos no hablaron. No hacía falta. El ruido del resto del claro quedaba lejos, amortiguado por la distancia y por algo más sutil, como si el tiempo ahí tuviera otra densidad.
Entonces, sin mirarse del todo, sus manos empezaron a encontrarse.
Primero fue un roce mínimo, casi accidental, como si el aire entre ellos se hubiera vuelto más lento. Después los dedos se buscaron con más intención, no apurados, sino atentos. Prince no tomó la mano de Fairy; fue más bien una aproximación gradual, como si ambos estuvieran aprendiendo el contorno del otro sin necesidad de nombrarlo.
Fairy bajó la mirada por primera vez.
Y vio sus manos.
Había algo en las manos de Prince que no había notado del todo antes. No por falta de presencia, sino porque hasta ese momento el mundo no le había pedido mirarlas así. Eran firmes, pero no duras. Estaban cálidas incluso en reposo, con una calidez constante, casi silenciosa, que parecía venir de algo más interno que la piel. Los dedos eran largos, pero no fríos en su forma, sino atentos, como si supieran exactamente dónde podían estar sin invadir nada.
Cuando sus dedos se entrelazaron, no hubo tensión. Solo encaje.
Fairy sintió ese contacto como una cosa simple y extrañamente precisa, como si su cuerpo reconociera una temperatura que no sabía que estaba buscando. El gesto no crecía, no se intensificaba, no pedía nada más. Solo existía en su forma más básica: dos presencias compartiendo espacio sin apuro.
Se recostaron lentamente, sin separarse del todo, mirando hacia arriba.
El cielo estaba abierto, limpio de urgencias, lleno de estrellas que no parecían fijas sino levemente activas, como si también ellas estuvieran respirando. Las manos seguían ahí, entrelazadas en el aire entre sus cuerpos, a veces ajustándose apenas, a veces quedando quietas, como si hubieran encontrado un punto de equilibrio propio.
Fairy dejó que el pulgar de Prince rozara el suyo sin pensarlo demasiado.
Y por primera vez en toda la noche, no sintió la necesidad de entender lo que estaba pasando.
Solo la calidez.
Solo la forma exacta en que sus dedos encajaban sin esfuerzo.
Solo ese pequeño espacio suspendido donde nada tenía que definirse todavía.
La noche siguiente al encuentro de las tribus todavía no había terminado de acomodarse en la selva. Era como si el lugar siguiera riéndose en voz baja de lo que había pasado, guardando restos de música entre las hojas y dejando que el aire húmedo conservara un poco de ese desorden alegre. Fairy caminó sola un tramo antes de llegar al claro, descalza, sintiendo cómo el suelo blando le devolvía cada paso con una especie de memoria tibia. Había algo liviano en ella esa noche, pero también ese ruido interno que no la dejaba del todo en paz, como una idea que insiste en quedarse sin pagar alquiler.
Prince ya estaba allí cuando llegó, apoyado contra un tronco ancho donde la luz de las estrellas caía como si el cielo hubiera decidido ser un poco más generoso de lo habitual. No parecía estar esperando en el sentido humano de la palabra; más bien parecía haber llegado a un acuerdo silencioso con el lugar para simplemente existir ahí sin apuro. Cuando la vio, no sonrió de inmediato, y eso fue lo primero que Fairy notó distinto, como si alguien hubiera cambiado una pequeña regla del universo sin avisarle.
—Llegaste —dijo él al fin, con esa voz baja que últimamente le salía como si el mundo entero tuviera menos volumen cuando él hablaba.
—Sí —respondió Fairy, acercándose—. Te queda muy bien ese tronco al costado, muy elegante.
Prince soltó una risa corta, casi silenciosa.
—La composición es todo.
Fairy sonrio, timida.
Caminaron hacia el claro entre plantas altas y humedad tibia, y Prince hablaba de cosas absurdas con la misma seriedad con la que otros describen tragedias importantes: una criatura que intentó negociar con una roca porque “tenía energía de juez”, otra que claramente estaba perdiendo una discusión contra una planta que ni siquiera estaba interesada en participar. Fairy se reía, pero cada tanto lo miraba de reojo como si su cerebro estuviera intentando ejecutar dos programas incompatibles al mismo tiempo.
“Ok”, pensaba ella mientras lo escuchaba. “Yo vine a esta selva a tener una vida espiritual, peligrosa y ligeramente incomprensible. No a descubrir que una conversación con él puede desorganizarme la estabilidad interna.”
Se mordió el labio para no reírse de su propio pensamiento.
Prince la miró.
—Estás muy seria para alguien que está escuchando sobre una planta que humilló a un guerrero —dijo.
—Estoy evaluando estrategias de supervivencia social —respondió ella.
—¿Y cómo vas?
—Mal. Pero con estilo.
Prince soltó una risa más clara esta vez.
“Es increíble”, pensó él mientras la miraba. “Ella dice cosas como si fueran conclusiones científicas de un experimento que yo no vi. Y encima espera que yo participe con naturalidad.”
Le resultaba divertido. Un poco desconcertante también. Pero sobre todo… peligrosamente interesante.
Se detuvieron en un claro donde el pasto era más alto y el cielo se abría completo, como si la selva hubiese decidido apartarse un poco para mirar también. El silencio entre ellos no era vacío; estaba lleno de pequeñas cosas que no terminaban de asentarse.
Fairy lo miró primero sin planearlo. Prince estaba observando el cielo, pero no del todo. Tenía esa forma suya de estar en dos lugares al mismo tiempo: afuera y adentro, presente y pensando, quieto y curioso.
Cuando él giró hacia ella, la encontró mirándolo.
—¿Qué? —preguntó él, con una media sonrisa.
Fairy abrió la boca. No salió nada útil. Su cerebro, por dentro, estaba claramente haciendo malabares sin permiso.
“Bien”, pensó ella. “Esto es lo que pasa cuando una intenta ser una criatura emocionalmente sofisticada sin entrenamiento previo.”
—No sé —dijo finalmente—. Es raro contigo.
—¿Raro cómo?
Fairy lo miró como si la respuesta estuviera escondida en algún rincón del aire.
—Como si todo fuera más cercano de lo que debería ser.
Prince no respondió de inmediato. Pero por dentro, algo se le acomodó con la misma rapidez con la que se le desordenó otra cosa.
“Más cercano”, pensó él. “Eso es interesante. No sé si es bueno o malo, pero definitivamente es nuevo. Y ella lo dice como si fuera una propiedad física del espacio. Como si yo estuviera afectando la geometría de la realidad.”
La miró con más atención.
—¿Eso te molesta? —preguntó, genuinamente curioso.
—No —dijo Fairy, demasiado rápido.
Prince sintió una cosa muy simple y muy poco elegante: alivio.
“Perfecto”, pensó. “No le molesta. Eso elimina la mitad de mis teorías internas. O las duplica. No estoy seguro. Pero bien.”
El silencio volvió a caer, cómodo pero extraño, como una manta que no termina de cubrir del todo.
Fairy lo pensó un segundo. Y luego lo dijo, sin estrategia alguna, como si la frase hubiera estado esperando salir desde hacía horas.
—¿Te puedo dar un beso?
Prince no respondió de inmediato.
Su mente hizo algo inusual: intentó entender la lógica de la frase… y falló con elegancia.
“Ok”, pensó él. “Esto no estaba en el mapa de la conversación. Esto no es una derivación natural de nada de lo anterior. Esto es… una decisión independiente de Fairy. Eso es peligroso. Y fascinante.”
La miró.
Fairy no parecía insegura. Tampoco completamente tranquila. Estaba en ese estado suyo donde las cosas simplemente ocurren porque sí, como si la selva le prestara decisiones sin pedirle explicación.
Prince se acercó.
Y en ese acercamiento sintió algo que lo desarmó un poco: no era urgencia, no era confusión. Era curiosidad pura. Como si estuviera eligiendo aprender algo en tiempo real sin manual.
Le apoyó una mano en la nuca con una suavidad firme, y el pulgar le rozó la mejilla como si necesitara confirmar que el mundo seguía siendo tangible.
El beso fue lento, cálido, sin apuro. Y en el medio, Prince tuvo un pensamiento muy poco noble y completamente honesto:
“Ok. No entiendo absolutamente nada de cómo funciona ella. Pero me gustaría seguir fallando en este entendimiento.”
Cuando se separaron, ninguno retrocedió. Quedaron cerca, como si el espacio entre los dos hubiera perdido de repente la costumbre de existir. Fairy lo miró. Prince la miró de vuelta. Y él pensó, con una mezcla perfecta de confusión y satisfacción tranquila: “Esto no tiene ninguna lógica. Es probablemente el problema más bonito que me ha pasado.”
Fairy llegó a su casa con la sensación de que el suelo seguía un poco detrás de ella, como si el mundo no hubiera terminado de decidir si la iba a acompañar o no. Cerró la puerta despacio, apoyando la espalda un segundo contra la madera, sin moverse, solo escuchando el silencio conocido de su cuarto. No era el silencio denso de la Casa de Conjuros ni el silencio vivo de la selva. Era su silencio. Y aun así, esa noche no encajaba del todo.
Se quitó las botas sin prisa y las dejó mal acomodadas, algo raro en ella. Se sentó en el borde de la cama y miró sus manos como si fueran levemente distintas, como si todavía recordaran otras cosas. El gesto le dio risa. Una risa suave, inesperada, que le salió sin permiso. Negó con la cabeza, como si quisiera discutir con su propio cuerpo.
—No fue para tanto… —susurró, aunque no estaba hablando con nadie en particular.
Pero sonrió igual.
Se recostó sin cambiarse, mirando el techo, y el recuerdo de Prince apareció sin esfuerzo, como si hubiera estado esperando en la esquina de la habitación. La forma en que la miraba cuando no hablaba. La forma en que se quedaba cerca sin invadir. La forma en que parecía no tener miedo de su propio silencio.
Fairy cerró los ojos un segundo y volvió a abrirlos.
—Esto es ridículo —dijo en voz baja, pero no con enojo. Más bien con una especie de alivio incrédulo.
Y volvió a reír, esta vez un poco más fuerte, cubriéndose la cara con el brazo.
Al otro lado del camino, Prince también había llegado.
Entró a su espacio sin encender demasiadas luces, como si no quisiera interrumpir algo que todavía estaba ocurriendo dentro de él. Dejó su chaqueta en una silla sin mirar demasiado dónde caía, algo inusual en él, y se quedó quieto un momento en el centro de la habitación.
Respiró hondo.
Después soltó el aire, lento.
—Okay… —dijo, como si estuviera cerrando una conversación consigo mismo.
Se pasó una mano por el pelo, desordenándolo aún más, y se sentó en el borde de su cama. Se quedó mirando el piso un rato, con esa expresión suya de análisis tardío, como si su mente estuviera reconstruyendo escenas con un pequeño retraso emocional.
Sonrió.
No grande. No obvio. Apenas una curva en la boca que no se justificaba con nada racional.
—Eso fue… —empezó, y se detuvo, porque no encontró una palabra útil.
Negó con la cabeza, como si aceptara la derrota.
—Raro —terminó diciendo, pero con un tono que no pedía corrección.
Se recostó hacia atrás, mirando el techo igual que ella, aunque sin saberlo, como si ambos estuvieran usando el mismo método para no pensar demasiado.
Hubo un momento de silencio en ambos lados del mundo.
Luego Prince se rió solo, bajito, como si algo le hubiera ganado una discusión interna.
—Qué desastre —murmuró, pero sin tristeza.
Y se quedó ahí, quieto, con esa calma extraña de quien no entiende del todo lo que pasó… pero tampoco quiere deshacerlo.
Fairy, en su cama, giró de lado y abrazó la almohada sin darse cuenta.
—Qué raro sos —dijo al vacío, con una sonrisa que no le entraba en la cara.
Y se quedó así, quieta, sintiendo algo que no necesitaba nombre todavía.
En ambas casas, el mundo siguió existiendo normalmente.
Pero en las dos camas, al mismo tiempo, alguien sonreía sin saber muy bien por qué.
Y eso, por ahora, era suficiente.
Durante la semana Fairy había quedado con Enilec que se encontrarian por la tarde noche para contarse cómo iban cada una con sus cosas. El aire de Panacea tenía esa cualidad líquida de los días húmedos, como si todo el mundo estuviera ligeramente más cerca de lo normal. Enilec había aparecido primero, descalza, radiante como siempre, con esa energía suya que parecía no saber quedarse quieta en ningún sitio. Llevaba una botella de vino robada de algún intercambio social que ninguna de las dos pensó en cuestionar demasiado, porque ambas estaban de acuerdo en algo simple: esa noche no era para preguntas.
Se sentaron en el suelo, apoyadas contra un tronco caído, con el cabello desordenado y la risa cada vez más fácil. El vino era dulce y traicionero, de esos que no avisan cuándo empiezan a cambiar la gravedad de las ideas. Fairy sentía el calor subiéndole por el pecho de una forma agradable, como si el cuerpo por fin hubiera decidido aflojar después de demasiados días tensos.
—Vos estás distinta —dijo Enilec, mirándola de reojo mientras se reía sola de algo que no había terminado de explicar—. Tenés cara de “me pasó algo raro y no sé si me gusta”.
Fairy negó demasiado rápido.
—No me pasa nada.
Enilec la miró con una paciencia divertida, como si esa respuesta ya la hubiera escuchado de todas las criaturas del universo.
—Sí, claro.
Brindaron sin razón. El vino chocó suave entre las copas improvisadas, y después siguieron hablando al mismo tiempo, interrumpiéndose, corrigiéndose, riéndose de cosas que ya no recordaban bien cómo habían empezado. Fairy notó que con Enilec era fácil perder el orden del mundo. No había estructura, solo flujo.
En algún momento, entre una risa y otra, Enilec se inclinó un poco hacia ella, bajando la voz como si estuviera a punto de compartir algo que no era del todo para el aire.
—Te voy a decir algo, pero no te lo tomes personal —dijo.
Fairy la miró con desconfianza inmediata.
—Eso siempre significa que es personal.
Enilec se rió, levantando las manos como si se rindiera antes de empezar.
—Bueno, sí. Pero escuchame igual.
Fairy suspiró exageradamente, como si estuviera concediendo algo muy importante.
—Te escucho.
Enilec giró el vino en su copa un segundo antes de hablar, como si necesitara ordenar el pensamiento a través del movimiento.
—Me sorprende un poco lo de Prince contigo.
Fairy parpadeó lento.
—¿Lo de Prince… conmigo?
—Sí —dijo Enilec, demasiado tranquila, demasiado casual—. Es que él siempre estaba medio… coqueteando con chicas. O bueno, no coqueteando así obvio, pero… ya sabés. Presente. Disponible. Mirando. Ese tipo de cosas.
La frase quedó flotando entre las dos como una hoja que no termina de caer.
Fairy sonrió, pero no del todo. Se llevó la copa a los labios como si necesitara ocupar la boca antes de responder algo que todavía no había decidido si quería entender.
—No sé de qué hablás —dijo, demasiado liviano.
Enilec la miró fijo, con esa expresión suya de quien detecta grietas en historias ajenas con facilidad alarmante.
—Mmm.
Y no dijo más.
Eso fue lo peor.
Porque no insistió.
Solo dejó la idea ahí, como quien deja una puerta apenas entreabierta en una habitación donde ya se está demasiado cómoda.
Fairy volvió a reírse de algo que dijo Enilec después, algo sin importancia, algo sobre una criatura que había intentado impresionar a otra usando fuego y terminó quemándose su propio orgullo. Pero mientras reía, sintió esa frase volver sin permiso, como un eco que no pedía atención pero la tomaba igual.
Prince. Coqueteando. O presente. O mirando.
Fairy dio otro sorbo de vino, más largo de lo necesario, como si pudiera empujar la idea hacia abajo con líquido.
—Estás exagerando —dijo finalmente, aunque no estaba segura de si hablaba con Enilec o con la noche.
Enilec se encogió de hombros, sonriendo como si no le importara convencerla.
—Puede ser —concedió—. Igual vos hacé lo que quieras con eso.
Y cambiaron de tema.
Pero Fairy no lo cambió del todo por dentro.
La risa volvió después, más fuerte, más desordenada. Se rieron de sus propias historias, de sus trabajos, de las criaturas serias que de pronto parecían absurdas bajo el efecto del vino, de cómo el mundo a veces se tomaba demasiado en serio a sí mismo. Enilec se recostó en el tronco, hablando con las manos, y Fairy la miraba pensando que era imposible no querer estar cerca de alguien así, incluso cuando decía cosas peligrosas sin darse cuenta.
Pero cada tanto, entre risas, esa frase volvía. No como pensamiento claro. Más bien como una sensación. Algo que se quedaba en el cuerpo sin pedir permiso. Y cuando la noche terminó y Enilec se despidió con un abrazo demasiado largo y una risa final que se perdió entre los árboles, Fairy se quedó sentada un rato más, mirando el vino vacío como si pudiera explicarle algo. No lo hizo. Solo se levantó despacio, con la cabeza un poco ligera y el pecho un poco más pesado de lo que esperaba.
Y mientras caminaba de regreso, sin entender por qué, pensó en Prince sin querer pensarlo. Como si alguien hubiera encendido una luz en una habitación que ella todavía no sabía cómo apagar.
Fairy se repitió a sí misma, en ese tono interno que intenta ordenar lo que el cuerpo ya desordenó hace rato, que estaba todo bien. No había motivo real para esa sensación rara pegada al pecho, ni para la forma en que la risa de Enilec seguía apareciendo en fragmentos sueltos mientras caminaba de regreso. Era solo vino, era solo una conversación, era solo la noche haciendo lo que hace la noche cuando nadie la está mirando demasiado de cerca.
—Está todo bien —murmuró, casi sin voz, como si decirlo en voz baja lo volviera más verdadero.
Y en ese instante, como si el mundo tuviera un timing demasiado preciso para ser casual, sintió la vibración del mensaje. Se detuvo. La luz tenue de la selva parecía más suave de golpe, como si el aire mismo hubiera decidido esperar. Fairy abrió el mensaje sin apurarse, aunque por dentro algo ya se había acelerado antes de leerlo.
“¿Llegaste bien?”
Nada más.
Dos palabras simples. Ridículamente simples.
Y sin embargo, Fairy sintió algo soltarse en el pecho, como si alguien hubiera aflojado un nudo que ni siquiera sabía que estaba apretado. Leyó el mensaje otra vez, sin necesidad, solo para sentir el efecto de nuevo.
Prince.
Ahí estaba. No como idea, no como recuerdo distorsionado por el vino o por Enilec, sino como algo concreto, vivo, en tiempo real. Pensando en ella en el mismo momento en que ella estaba intentando no pensar demasiado en él. Eso la hizo sonreír sin darse cuenta, una sonrisa pequeña, casi incrédula, como si el universo acabara de responderle una pregunta que no había formulado bien.
Te piensa. La frase no venía de ningún lado en particular, pero le ocupó la cabeza igual. Fairy se apoyó contra un árbol un segundo, sosteniendo el teléfono con ambas manos, sintiendo cómo la calma le bajaba lentamente al cuerpo, no como algo que la invadía, sino como algo que volvía a su lugar. Era absurdo lo rápido que podía cambiar todo por un mensaje tan corto. Y aun así, ahí estaba.
Respiró hondo antes de responder, aunque no lo necesitaba tanto como necesitaba confirmar algo más interno que lógico.
“Sí, recién llego. Todo bien :)”
Se quedó mirando la pantalla un segundo más de lo necesario, como si esperara ver algo más aparecer. Y cuando el mensaje de Prince tardó apenas unos segundos en volver, Fairy no pudo evitar esa sensación clara, casi infantil, de alivio.
Él también estaba ahí. En el mismo hilo invisible. Pensándose mutuamente en el mismo silencio. Y por primera vez en toda la noche, la frase de Enilec perdió un poco de peso, no porque desapareciera, sino porque ahora tenía competencia.
Fairy guardó el teléfono despacio y siguió caminando, un poco más ligera, como si el mundo no hubiera cambiado del todo… pero sí lo suficiente como para que ella dejara de sostenerlo sola.
Los martes por la noche tenían algo sagrado para Fairy. No importaba cuán agotadora hubiese sido la semana, ni cuánto ruido hubiese en su cabeza: los martes existían Neb y ella. Y eso alcanzaba para ordenar el mundo un poco. Neb siempre la pasaba a buscar después del atardecer. Nunca avisaba que estaba afuera. Simplemente aparecía. Fairy empezaba a sentirlo antes de escuchar los golpecitos absurdamente teatrales que él daba sobre su ventana, como si fuese un personaje secundario entrando a escena en una obra ridícula.
—¿Lista para perderte? —preguntó Neb apenas ella abrió.
Fairy sonrió mientras cerraba la puerta detrás suyo.
—Con vos siempre.
Y era verdad.
Neb tenía una capacidad extraña para encontrar rincones de Panacea que Fairy juraba no haber visto nunca antes. Lo más absurdo era que muchas veces estaban dentro del mismo parque al que iban siempre. Un parque inmenso, sí, pero no tanto. O al menos eso creía Fairy durante el día.
De noche era distinto. De noche Panacea se deformaba.
Los senderos parecían moverse apenas nadie miraba. Los árboles cambiaban de tamaño. Algunas flores brillaban solo cuando ciertas criaturas pasaban cerca. Y Neb, como toda criatura fantástica verdaderamente conectada con la selva, parecía saber exactamente por dónde doblar para terminar en lugares imposibles.
—Te juro que esto no estaba la semana pasada —dijo Fairy mientras atravesaban un sendero cubierto de raíces enormes.
—Sí estaba.
—Neb, literalmente hay un lago acá.
—Fairy, literalmente venimos hace meses.
Ella lo miró con indignación.
—Bueno, perdón por no memorizar todos los lagos ocultos del universo.
Neb soltó una carcajada amplia, de esas que le nacían desde el pecho entero. El aire estaba tibio. Había olor a tierra húmeda y hojas secas. Sobre el agua del lago flotaban pequeños insectos luminosos que parecían estrellas mal organizadas. Caminaron un rato más antes de sentarse sobre una piedra ancha cerca de la orilla. Neb apoyó los codos sobre las rodillas y giró apenas hacia ella.
—Bueno —dijo—. Tenés cara de que me vas a contar algo.
Fairy hizo una mueca.
—¿Tengo cara específica para eso?
—Sí. La de “estoy intentando parecer relajada mientras claramente estoy en crisis”.
—Qué horrible que me conozcas tanto.
—Es mi don.
Fairy sonrió apenas, pero después bajó la mirada. El agua del lago se movía lento frente a ellos.
—Enilec me dijo algo raro sobre Prince.
Neb no respondió enseguida. Esperó. Eso era algo que Fairy adoraba de él. Nunca corría a llenar los silencios.
—Me dijo que estaba un poco… a la caza.
Neb soltó un ruido corto por la nariz, casi una risa.
—¿Y eso te molestó?
Fairy dudó.
—No sé si molestar es la palabra.
Sí lo era. Neb sonrió apenas al verla pensar.
—Fairy…
—No, es que… no sé —dijo rápido—. Supongo que me hizo sentir rara. Como si de golpe me acordara que él es un noble y que probablemente tiene mucha más experiencia en todo esto que yo. Neb levantó una ceja.
—¿En besar criaturas?
Fairy sintió calor subirle inmediatamente a la cara.
—Bueno… sí.
Neb la observó dos segundos. Y después abrió los ojos exageradamente.
—¡No! ¿Ya se besaron?
Fairy se tapó la cara con ambas manos.
—Neb, por favor, no hagas escándalo.
—¡Fairy!
—Shhh.
Neb empezó a reírse solo, doblándose apenas hacia adelante.
—No puedo creerlo. Nuestra pequeña criatura antisocial finalmente cayó.
—No caí.
—Fairy…
—Bueno, un poco sí.
Neb seguía riéndose.
—¿Y?
Fairy lo miró apenas entre los dedos.
—¿Y qué?
—¿Cómo fue?
Ella bajó lentamente las manos.
Y por primera vez en toda la noche se quedó realmente callada. Porque había algo del beso con Prince que todavía no lograba acomodar dentro suyo.
—Raro —dijo finalmente.
Neb frunció el ceño.
—Eso no sonó bien.
—No, no. Raro bien —se corrigió rápido—. Muy bien, de hecho. Demasiado bien quizás.
Neb sonrió de costado.
—Ah. Ya entendí.
Fairy apoyó la cabeza sobre sus rodillas dobladas.
—Fue… lento.
Y apenas dijo eso, el recuerdo le atravesó el cuerpo otra vez. La mano de Prince sosteniéndole apenas la cintura. El calor inesperado de su boca. La forma en que él había frenado apenas un segundo antes, como dándole tiempo para escapar si quería. Pero ella no había querido. Para nada.
—Creo que el problema —dijo Fairy más despacio— es que me gusta demasiado.
Neb permaneció en silencio unos segundos.
Después suspiró apenas.
—Fairy, todas las criaturas están un poco a la caza.
Ella levantó la cabeza.
—No como los nobles.
—Bueno, sí. Los nobles lo hacen como si estuvieran protagonizando una tragedia elegante —dijo Neb—. Pero no creo que eso sea necesariamente malo.
Fairy arrancó un pedacito de pasto seco entre los dedos.
—No quiero convertirme en una experiencia interesante para alguien.
Neb la miró con una suavidad inmediata.
—Y no creo que vos pudieras serlo aunque quisieras.
Ella frunció apenas el ceño.
Neb sonrió.
—Fairy, vos no sos ligera. No sabés ser superficial emocionalmente.
Fairy soltó una risa cansada.
Después volvió a quedarse quieta unos segundos.
—A veces siento que estoy haciendo todo mal.
Neb la observó de perfil. La luz azulada del lago le marcaba apenas los rasgos.
—No —dijo finalmente—. Creo que por primera vez estás haciendo algo sin intentar controlarlo.
Eso la dejó callada. Porque era verdad. Con Prince no lograba anticiparse. No podía ordenar lo que sentía, ni convertirlo en teoría, ni entenderlo antes de vivirlo. Y eso la aterraba un poco. Pero también la hacía sentir viva de una manera extraña. Neb se levantó primero y le extendió una mano.
—Vamos.
—¿A dónde?
—A perdernos más.
Fairy sonrió mientras aceptaba su mano. Y mientras volvían a internarse entre los senderos oscuros de Panacea, pensó que quizás el amor —o lo que fuera eso que empezaba a crecer entre ella y Prince— se parecía un poco a los parques de Neb.
Imposible de entender completamente desde afuera. Mucho más grande por dentro.
Prince pasó a buscarla y el sol estaba perpendicular al suelo. Había algo en la luz de Panacea que hacía que todo pareciera más lento, más dorado, incluso las criaturas. El calor partía la tierra. Fairy lo vio esperándola desde lejos, apoyado contra una baranda de piedra con un vaso vacío en la mano y esos lentes celestes que parecían existir únicamente para desesperarla.
—¿Hace cuánto estás esperando? —preguntó Fairy mientras se acercaba.
Prince levantó apenas un hombro.
—Lo suficiente para verte intentar decidir si ibas a saludarme tranquila o fingir indiferencia.
Fairy soltó una risa.
—Nunca finjo indiferencia. Apenas sobrevivo a mis emociones como una criatura normal.
—Eso explica bastante.
Prince se incorporó y empezaron a caminar juntos hacia el café. Él avanzaba despacio. Fairy notaba cada tanto cómo algunas criaturas giraban a mirarlo al pasar. Algunas saludaban. Otras directamente sonreían demasiado.
Al principio intentó ignorarlo. Después dejó de poder hacerlo. El café estaba construido sobre una estructura vieja de madera clara, abierta hacia el océano. El aire olía a sal, granos tostados y azúcar quemada. Apenas entraron, Fairy notó el cambio inmediato en el ambiente.
Varias criaturas miraron a Prince. No de casualidad. Lo miraban como si ya lo conocieran. Una de las criaturas detrás del mostrador literalmente se acomodó el cabello antes de hablarle.
—Prince —dijo sonriendo— pensé que habías desaparecido esta semana.
—Intenté. No funcionó —respondió él con tranquilidad.
La criatura rió demasiado fuerte para un comentario que no era tan gracioso. Fairy observó la escena en silencio. Otra criatura pasó cerca, le sonrió y le hizo un gesto con la man para saludarlo. Prince parecía como no notarlo demasiado.Parecía completamente acostumbrado.
Fairy tomó asiento frente a él intentando convencerse de que no le importaba. Prince pidió café como si estuviera hablando de algo sagrado. Fairy ya había descubierto que el café era una de las pocas cosas que realmente lograban entusiasmarlo de manera visible.
—Te juro que si este lugar algún día desaparece, yo desaparezco con él —dijo Prince después del primer sorbo.
—Qué dramático.
—No estoy exagerando. Probablemente mi frecuencia está compuesta en un cuarenta por ciento de cafeína.
Fairy sonrió apenas, aunque seguía distraída viendo cómo otra criatura volvía a mirar hacia la mesa.
Prince inclinó un poco la cabeza.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Eso nunca significa nada.
Fairy apoyó el mentón sobre la mano.
—Es solo que… todas las criaturas acá parecen bastante interesadas en vos.
Prince parpadeó una vez, sorprendido. Y después sonrió. No una sonrisa arrogante. Una genuinamente divertida. Ella sintió calor inmediatamente.
—Estoy… observando patrones sociales.
—Claro. Investigación académica.
Fairy lo pateó suavemente por debajo de la mesa y Prince soltó una risa baja, de esas que parecían desarmarle el cuerpo lentamente.
Prince la observó sosteniendo el café entre las manos.
—Me gusta un poco.
Fairy lo miró fijo.
—¿Qué cosa?
—Que te pongas territorial.
Fairy abrió la boca para responder algo inteligente, pero una criatura volvió a acercarse a la mesa para preguntarle a Prince si quería “lo de siempre”.
Y eso empeoró todo inexplicablemente.
Prince aceptó otro café mientras Fairy lo miraba con una mezcla muy específica de fastidio y atracción.
—Odio que seas encantador sin esfuerzo —murmuró ella.
Prince sonrió apenas.
—No es sin esfuerzo. Me hidrato y duermo ocho horas.
Fairy terminó riéndose aunque no quería.
Y eso, honestamente, fue peor.
Más tarde esa noche, Fairy estaba acostada boca arriba mirando el techo de su habitación cuando su esfera de mensajes vibró sobre la mesa.
Prince.
Su cuerpo reaccionó demasiado rápido al ver el nombre.
Prince:
Me olvidé de decirte algo hoy.
Fairy:
Eso depende mucho de qué tan grave sea.
Prince:
Creo que medianamente grave.
Prince:
Quería invitarte a la cena de mi cumpleaños.
Fairy:
…
Prince:
Esa cantidad de puntos suspensivos me preocupa un poco.
Fairy:
¿Cena?
Prince:
Sí.
Prince:
Con mi mamá. Mi hermana. Y la pareja de mi hermana.
Fairy:
Prince.
Prince:
Fairy.
Fairy:
¿Vos estás completamente desquiciado?
Prince:
A veces.
Fairy dejó caer la cabeza contra la almohada. El corazón le estaba latiendo demasiado rápido. Conocer a la familia de una criatura ya era intenso. Conocer a la familia de una criatura noble sonaba directamente como un mecanismo sofisticado de tortura social. Se levantó de la cama y salió a buscar a Oruam casi inmediatamente.
Lo encontró afuera, sentado sobre una estructura de piedra comiendo algo que parecía sospechosamente picante.
—Necesito ayuda urgente —dijo Fairy apenas llegó.
Oruam levantó una ceja.
—¿Murió alguien?
—Peor.
Le mostró los mensajes.
Oruam los leyó en silencio y después empezó a reírse.
—¿Eso es todo? Fairy, pensé que habías abierto un portal ilegal o algo serio.
—¡Me invitó a conocer a su familia!
—Sí. Porque le gustás.
—¡Es muy pronto!
Oruam siguió riéndose.
—Para vos quizás. Las criaturas nobles son así. Integran rápido. Les encanta observar dinámicas, vínculos, compatibilidades, esas cosas raras que hacen porque tienen demasiado tiempo y excelentes modales.
Fairy cruzó los brazos.
—No me tranquiliza nada de lo que acabás de decir.
—Fairy, relajá. Si te estuviera invitando a una ceremonia familiar ancestral ahí sí tendrías que preocuparte.
Ella lo miró fijo.
—…¿Existen ceremonias familiares ancestrales?
—Sí, pero no creo que sea eso. Aunque ojalá sí porque me divertiría muchísimo verte atravesarlo.
Fairy le tiró un pedazo de tela que tenía cerca y Oruam volvió a reír.
Más tarde, ya de regreso en su habitación, Fairy volvió a mirar la conversación durante varios minutos antes de responder. Pero Prince envió un nuevo mensaje primero.
Prince:
Prometo que normalmente mi familia espera hasta la segunda cena para cualquier tipo de sacrificio ceremonial.
Fairy:
Prince.
Prince:
Perdón. Ese fue mi último chiste amenazante de la noche.
Fairy:
¿Cuál es el código de vestimenta para la cena de tu cumpleaños entonces?
Al menos una vez por semana Fairy se juntaba con su tribu. En gran medida era por Neb, aunque nadie lo decía en voz alta. Esa tarde había empezado lenta, espesa de calor y con ese olor dulce de fruta madura que se pega en la piel como si la selva también respirara más despacio. Se habían reunido cerca del borde más claro del territorio, donde las raíces gigantes formaban algo parecido a asientos naturales y el aire corría apenas lo suficiente como para no volverse inmóvil.
Ippihc estaba recostado sobre una rama caída, con las manos detrás de la cabeza y los ojos cerrados, como si estuviera escuchando algo que nadie más tenía permitido oír. Dis armaba pequeñas figuras con fibras vegetales con una concentración casi ritual, mientras Sirhc discutía solo, en voz alta, acerca de una teoría absurda sobre criaturas acuáticas que supuestamente controlaban corrientes emocionales enteras desde los Acuíferos del Medio Cielo.
Fairy se reía. Le gustaban esas tardes porque nadie intentaba convertirse en algo importante. Las criaturas simplemente existían unas cerca de otras, sin esfuerzo, sin la necesidad de explicarse demasiado.
Neb, en cambio, había estado extraño desde que llegó. No era su silencio habitual. Neb no era una criatura silenciosa; Neb ocupaba el aire, lo llenaba de gestos, preguntas, bromas sin destino. Pero esa tarde parecía sostener algo adentro del pecho, como si cada palabra tuviera que atravesar una capa más espesa antes de salir.
Fairy lo notó rápido. También notó que evitaba mirar demasiado a Lavuy, que estaba un poco más atrás, arrancando pedacitos de corteza con una ansiedad mal disimulada.
Neb golpeó sus propias piernas como quien se prepara para saltar desde un lugar alto.
—Bueno… —dijo finalmente—. Tenemos que contarles algo.
Sirhc abrió un ojo apenas.
—¿Están embarazados?
Dis soltó una carcajada inmediata. Ippihc ni siquiera abrió los ojos.
—Eso explicaría muchas cosas energéticas —murmuró, como si fuera una observación científica.
Neb rio, pero la risa no le alcanzó para sostener el gesto.
—Nos vamos.
Ahora sí Ippihc abrió los ojos del todo.
El aire cambió apenas. No se volvió pesado, pero sí distinto, como si la selva hubiese entendido antes que ellos lo que esa frase implicaba.
—¿A dónde? —preguntó Fairy, sin poder evitarlo.
Neb miró a Lavuy un segundo antes de responder.
—A Varehm.
El nombre cayó raro entre ellos, como si no perteneciera del todo a la selva ni al lenguaje cotidiano, sino a otra capa del mundo donde las cosas se deciden sin explicarse demasiado.
—¿Varehm existe? —preguntó Sirhc, genuinamente confundido.
—Sí, idiota —dijo Dis, tirándole una fibra vegetal sin mirarlo.
—Pensé que era una región simbólica —insistió Sirhc.
Fairy sonrió apenas, pero no dejó de mirar a Neb. Había algo en su postura que no terminaba de encajar con la decisión. Como si él mismo todavía no hubiese terminado de irse.
—¿Por cuánto tiempo? —preguntó Fairy.
Neb se encogió de hombros.
—No sabemos.
Y ahí estaba el problema.
No era un viaje. Era un desplazamiento sin contorno claro.
Lavuy levantó la mirada por primera vez en toda la tarde.
—Mi familia está allá. Hay cosas pasando en ese territorio. Necesito volver un tiempo.
Neb asintió rápido, demasiado rápido, como si necesitara convencerse de que estaba de acuerdo. Pero Fairy vio la tensión en su mandíbula, el movimiento pequeño del pie derecho, esa forma de inquietud que no encontraba salida en palabras.
—Además —intentó Neb, con una media sonrisa— alguien tiene que asegurarse de que Lavuy no se vuelva insoportable rodeado de nobles espirituales.
—Ya sos insoportable acá —respondió Sirhc sin dudar.
Eso aflojó algo en el aire. Las criaturas rieron, esta vez de verdad. Por un segundo todo volvió a parecer simple, como si la conversación hubiera sido solo otra anécdota más en la selva.
Pero Fairy no pudo sostener del todo esa ligereza. Había algo más debajo, algo que no pertenecía a Neb ni a Lavuy, sino a ese movimiento más grande que a veces parecía reorganizarlo todo sin pedir permiso.
El silencio volvió a instalarse suave, hasta que Fairy, como si algo en ella ya no pudiera seguir guardándose, los miró a todos.
—Creo que voy a volver a hacer la ceremonia de la Lengua de la Tierra —dijo, casi como quien prueba una idea en voz alta antes de saber si es propia.
El cambio fue inmediato, aunque nadie se movió del lugar.
Dis dejó de armar la figura.
Sirhc dejó de hablar incluso consigo mismo.
Neb parpadeó, como si necesitara confirmar que había escuchado bien.
Pero fue Ippihc quien cambió el aire de verdad. No habló al principio. Solo se incorporó levemente, como si algo en esa frase hubiera alterado una geometría interna que ella sí podía percibir.
—Como supiste que querias hacerlo? —dijo finalmente, sin elevar la voz.
Fairy la miró.
—Lo senti.
Ippihc sostuvo un segundo el silencio antes de responder, como si estuviera eligiendo entre varias capas de verdad.
Dis la miró de reojo, más serio de lo habitual.
Sirhc dejó de bromear incluso con la posibilidad de bromear.
Fairy no retrocedió.
—Pasaron ya diez años desde la última vez que lo hice. Creo que ahora sí estoy lista para hacerlo.
Neb la miró con dulzura.
Más tarde, cuando la tribu empezaba a desarmarse, Fairy y Neb quedaron solo apoyados contra un árbol de esos enormes que Neb amaba.
—Estas rara Fairy.
Era cierto, pero él estaba más raro. No estaba animado y gracioso como siempre, parecía que se había olvidado de cómo jugar. Estaba triste.
—Vos estas raro.
—Si Fairy, no me quiero ir.
Su voz sonó honesta, y Fairy no podía enojarse… pero estaba tan furiosa que no podía responderle y se limitó a darle una sonrisa falsa que quedó interrumpida por una gota deslizándose por la mejilla.
—No, por favor, no me hagas esto Fairy.
Neb la abrazó y lloraron abrazados como si el tiempo no existiera. Fairy había entendido que Neb no iba a ser más el mismo de antes y que quizás ella tampoco, y que posiblemente nadie más lo fuera a ser desde ese momento.
Fairy estuvo a punto de cancelar la cena aproximadamente diecisiete veces. Quizás más. El problema no era Prince. El problema era todo lo que venía alrededor de Prince. Su familia. Su casa. Las criaturas nobles. La manera elegante que tenían de existir como si jamás hubieran transpirado ni perdido el equilibrio emocional en público.
Fairy ya estaba incómoda antes de llegar. Prince abrió la puerta apenas unos segundos después de que ella tocara. Llevaba una camisa oscura arremangada y el cabello todavía húmedo. Fairy odiaba un poco que incluso así pareciera perfectamente construido.
Él la miró de arriba abajo apenas. Y sonrió.
—Viniste.
—Consideré escapar varias veces.
—Lo imaginé.
Prince se acercó apenas más para besarle la mejilla. El gesto fue breve, pero Fairy sintió igual cómo el cuerpo se le tensaba entero cuando él apoyó una mano en su espalda para hacerla pasar.
La casa olía a especias dulces y café. Y había demasiadas criaturas hermosas adentro. La madre de Prince tenía la misma mirada clara que él, aunque mucho más peligrosa. Su hermana hablaba rápido y elegante, y la pareja de la hermana parecía haber nacido específicamente para hacer comentarios inteligentes y dejar a todos riéndose dos segundos después.
También estaba Su, amiga de la madre de Prince, que observó a Fairy entrar con una curiosidad tan evidente que Fairy sintió deseos inmediatos de arrojarse al océano.
—Ella es Fairy —dijo Prince.
Como si eso explicara algo. Y aparentemente lo hacía, porque todas las criaturas sonrieron al mismo tiempo. La cena empezó tranquila. O eso intentó Fairy decirse mentalmente mientras luchaba por entender la mitad de lo que hablaban.
Las criaturas nobles tenían una forma insoportable de comunicarse. Las palabras parecían más largas. Más suaves. Más adornadas. Como si estuvieran permanentemente dentro de una obra teatral muy cara. Fairy sonreía mientras intentaba reconstruir conversaciones enteras desde contexto emocional.
En un momento la hermana de Prince dijo algo larguísimo sobre migraciones territoriales y Fairy respondió:
—Sí, totalmente.
Toda la mesa quedó en silencio. Prince empezó a reírse tan fuerte que tuvo que taparse la cara.
—¿Qué? —preguntó Fairy.
Su la miró conteniendo una sonrisa.
—Ella preguntó si comías crustáceos.
Fairy cerró los ojos.
—Perfecto. Bueno. También totalmente.
La madre de Prince soltó una risa elegante mientras Prince seguía riéndose al lado de ella como un idiota precioso. Y extrañamente… eso relajó todo. Más tarde, mientras los demás hablaban entre sí, Fairy sintió la mano de Prince apoyarse apenas sobre su rodilla debajo de la mesa. Un gesto mínimo. Privado.
Pero suficiente para que el aire alrededor cambiara de densidad. Ella giró apenas la cabeza para mirarlo. Prince seguía conversando normalmente con su hermana, aunque sus dedos acariciaron una vez, apenas, la tela sobre la pierna de Fairy.
Como si quisiera recordarle que estaba ahí. Como si supiera exactamente el efecto que tenía sobre ella. Fairy tomó vino demasiado rápido después de eso. Y Prince sonrió sin mirarla, completamente consciente de lo que estaba haciendo.
La cena con la familia de Prince había terminado mucho más tarde de lo que Fairy esperaba. Las criaturas nobles tenían una capacidad completamente absurda para extender las conversaciones durante horas sin repetir jamás el mismo tema. O quizás sí lo repetían, pero usando palabras tan sofisticadas que Fairy perdía el hilo antes de notarlo.
Le dolían las mejillas de sonreír.
También le dolía un poco la cabeza por el esfuerzo sobrehumano que implicaba seguir el ritmo de los nobles, Fairy sentía que hablaba como si las frases hubieran sido cuidadosamente ensayadas frente a un espejo.
Y, aun así, Fairy se había sentido bien. Extrañamente bien. La hermana de Prince había sido dulce con ella. Su había logrado hacerla reír hasta casi atragantarse con vino cuando contó una historia espantosa sobre una criatura que había intentado hacer un hechizo erótico y terminó invocando una bandada de aves salvajes dentro de una habitación cerrada.
Incluso la madre de Prince —imponente, elegante y aterradora— la había mirado al despedirse con algo parecido a aprobación. Eso solo ya era suficiente para dejar a Fairy emocionalmente exhausta. Ahora caminaban solos.
La noche de Panacea estaba tibia y húmeda. El viento arrastraba olor a flores abiertas y tierra mojada. Las luces lejanas de la selva parecían respirar entre los árboles. Fairy llevaba los zapatos en la mano.
—No puedo creer que sobreviví —dijo finalmente.
Prince soltó una risa baja.
—Te fue muy bien.
—Tu mamá da miedo.
—Sí.
—No, Prince, en serio. Hubo un momento donde pensé que me estaba evaluando espiritualmente.
—Probablemente lo estaba haciendo.
Fairy lo golpeó apenas con el hombro.
—Y ustedes hablan rarísimo. En un momento tu hermana dijo algo sobre “la estética emocional del caos” y yo asentí como si entendiera.
Prince empezó a reírse de verdad.
Ese sonido seguía desarmándola un poco.
—Igual —continuó Fairy—, creo que les agradé.
Prince la miró apenas de costado.
—Mucho.
Y la forma suave en que lo dijo le apretó algo en el pecho.
Siguieron caminando despacio.
Había momentos, últimamente, donde Fairy olvidaba que conocía a Prince hacía relativamente poco. El silencio entre ellos había dejado de sentirse nuevo. Ahora era otra cosa. Un espacio donde podía descansar.
Llegaron hasta la casa de Prince casi sin darse cuenta.
Fairy ya había estado ahí una vez, pero de día. De noche era distinta. Más silenciosa. Más íntima. Había plantas enormes creciendo alrededor de las ventanas y pequeñas luces cálidas encendidas en el interior.
Prince abrió la puerta y la dejó pasar primero.
Fairy entró despacio, todavía con esa sensación extraña en el cuerpo. Como si toda la noche hubiese estado vibrando apenas por debajo de su piel.
—¿Querés agua? —preguntó él.
—Sí… gracias.
Prince desapareció unos segundos hacia la cocina mientras Fairy observaba el espacio. Había libros abiertos por todos lados, ropa apoyada sobre una silla y un caos leve que la tranquilizó muchísimo.
Porque Prince, fuera de la perfección elegante que llevaba encima, era desordenado.
Y eso le parecía profundamente adorable.
Cuando volvió con los vasos de agua, Fairy estaba sonriendo sola.
—¿Qué? —preguntó él.
—Nada. Tu casa parece habitada. Me alegra.
Prince frunció apenas el ceño.
—¿Eso es un cumplido?
—Sí. Uno muy grande.
Prince dejó el vaso sobre la mesa y se acercó apenas. Demasiado apenas. Fairy sintió inmediatamente el cambio en el aire. Era ridículo cómo su cuerpo reaccionaba antes que cualquier pensamiento coherente. Prince levantó una mano despacio y acomodó un mechón de pelo detrás de su oreja. Un gesto mínimo. Pero Fairy sintió el roce bajar directamente hasta el centro del pecho.
—Estás muy linda esta noche —dijo él.
Y fue la naturalidad de su voz lo que terminó de romperla. Porque Prince no parecía estar intentando seducirla. Solo estaba diciéndole algo verdadero. Fairy sonrió apenas, nerviosa.
—Creo que es la primera vez en mi vida que sobrevivo a una cena noble sin decir algo ofensivo.
Prince rió cerca de su boca.
—Todavía hay tiempo.
Ella quiso responder algo irónico, pero él la besó antes. Y esta vez fue distinto. No lento como la primera vez. Más cercano. Más seguro. Fairy apoyó las manos sobre su pecho apenas por reflejo y sintió el corazón de Prince latiendo rápido bajo la tela liviana de la camisa. Eso le produjo una ternura tan intensa que casi le dolió.
Prince también estaba nervioso. Eso la desarmó por completo.
El beso se volvió más profundo despacio, como si ambos estuvieran aprendiendo el cuerpo del otro en tiempo real. Fairy sintió la mano de Prince deslizarse lentamente hasta su cintura, sosteniéndola con una delicadeza que la hizo acercarse todavía más.
Y entonces pasó algo extraño. La luz de la cocina titiló. Prince se separó apenas. Fairy lo miró. La lámpara volvió a vibrar suavemente sobre ellos.
—¿Fuiste vos? —preguntó Prince entre sorprendido y divertido.
—No sé —susurró Fairy, riéndose nerviosa.
Cada vez que sus emociones se intensificaban demasiado, pequeñas alteraciones empezaban a ocurrir alrededor. Era algo que había pasado pocas veces. Vasos vibrando. Luces fallando. Plantas creciendo apenas más rápido. Prince la observó con una sonrisa imposible.
—Eso es muy sexy de tu parte, honestamente.
Fairy soltó una carcajada incrédula.
—No digas eso. Voy a electrocutarte accidentalmente.
—Bueno, moriría feliz.
—Prince.
—¿Qué? Estoy siendo romántico.
Fairy volvió a besarlo riéndose y él respondió inmediatamente, acercándola otra vez hacia sí. El mundo empezó a reducirse. La respiración de Prince. Sus manos. El calor lento entre ambos.
La forma en que Prince parecía prestarle atención a cada mínima reacción suya, como si quisiera memorizarla. Como si no estuviera simplemente tocándola, sino descubriéndola. Fairy apoyó la frente contra la de él cuando se separaron apenas para respirar.
—Estoy un poco asustada —admitió en voz baja.
Prince acarició despacio su cintura con el pulgar.
—Yo también.
Eso hizo que todo se volviera más fácil.
Prince enrollo las sábanas en uno de sus brazos y las arroz lejos, mientras sostenía a Fairy con la otra. Fairy tenía sus dedos enredados en los rulos de Prince y no podía alejarse de su pecho. Prince respiraba entrecortado. Sus manos se buscaban en la oscuridad. Las risas suaves entre besos. La sensación inexplicable de recorrer su cuerpo.
Prince miraba los ojos de Fairy y Fairy la profundidad de los ojos de Prince, estaban absortos en sus miradas, sus cuerpos en máxima tensión, transpirando sin poder alejarse ni medio centímetro. Prince la besó y el frenesí se derritió como se derrite la manteca en la sartén y como la leche hierve sin previo aviso. Prince la abrazó todavía respirando agitado, Fairy sintió por primera vez en muchísimo tiempo que el vacío dentro suyo no dolía.
Porque quizás, pensó mientras Prince le acariciaba distraídamente el brazo, algunas criaturas no venían a llenarlo.
Quizás venían a habitarlo con ella.
No todas las criaturas hablaban de esa planta. Algunas la nombraban con respeto, como si el solo hecho de pronunciarla demasiado fuerte pudiera cambiar su forma. Otras decían que no era una planta en absoluto, sino más bien un maestro con muy poca paciencia y un sentido del humor bastante cuestionable. En la selva de Panacea, había noches específicas en las que pequeños grupos se reunían en silencio, lejos de los campamentos habituales, lejos de la música, lejos incluso de esa necesidad constante de parecer normales que las criaturas arrastraban el resto del tiempo sin darse cuenta.
No era un festejo ni un ritual público. Era más bien un acuerdo tácito entre criaturas que, por distintas razones, habían decidido que no sabían del todo cómo seguir sin mirar algo que no se veía. Fairy había sido invitada por Benec, en un tono que no era insistente pero tampoco opcional, como si la invitación ya hubiera ocurrido antes de ser pronunciada. No sabía bien por qué había aceptado, y si se lo preguntaban después probablemente tampoco podría responderlo con precisión. Tal vez era curiosidad, o tal vez algo en su interior estaba empezando a hacer un ruido leve, constante, como una puerta que no termina de cerrarse del todo.
El lugar era húmedo, cerrado por árboles altos que se inclinaban hacia el centro como si también quisieran enterarse de lo que iba a pasar, aunque fingieran dignidad. Había pocas criaturas, algunas conocidas, otras completamente ajenas, todas con esa mezcla rara de calma y sospecha que aparece cuando nadie quiere ser el primero en demostrar nervios. Nadie hablaba demasiado. No por espiritualidad necesariamente, sino porque hablar parecía una forma bastante poco eficiente de prepararse para lo que sea que aquello implicara.
En el centro había una vasija. Oscura, espesa, viva en el sentido incómodo de la palabra. La planta tenía muchos nombres, dependiendo de quién intentara domesticarla con lenguaje: Raíz del Origen, Lengua de la Tierra, Aya. Decían que no se tomaba, que se escuchaba, lo cual a Fairy le pareció desde el principio una mala idea con muy buena prensa.
Benec fue quien sostuvo la vasija. Dio una charla breve de unos quince minutos, de esas que intentan equilibrar honestidad con contención, explicando los estadios después de la toma, lo que iban a sentir y cuánto tiempo, en teoría, iba a durar todo. Se encargó de transmitir paz y claridad con la misma energía con la que alguien intenta convencerte de que un viaje emocional profundo es “bastante llevadero si no te resistís demasiado”. Al finalizar, miró a cada una de las criaturas una por una, como si estuviera midiendo algo que no era del todo visible ni del todo estable. Cuando llegó a Fairy, sostuvo la mirada un segundo más, como si no estuviera seguro de si ella debía estar ahí o si la selva simplemente la había traído igual.
El líquido era amargo, agridulce y denso, con la consistencia exacta de algo que no fue diseñado para ser tragado pero que igual insiste en bajar. Tenía la textura del chocolate fundido, pero sin ninguna de las cualidades reconfortantes del chocolate. Fairy lo sintió descender lentamente, como si su cuerpo necesitara negociar con él cada centímetro del camino.
Al principio no pasó nada. Lo cual, en retrospectiva, siempre es una frase sospechosa. El silencio se volvió más pesado, no más fuerte, más presente. El aire se espesó de una manera casi educada, como si pidiera permiso antes de volverse extraño. Los sonidos comenzaron a distorsionarse sin aumentar de volumen, acercándose demasiado, como si las cosas ahora respiraran encima de ella en lugar de a distancia.
El cuerpo de Fairy empezó a sentirse raro, desarmado, como si las partes que lo componían hubieran olvidado que trabajaban juntas. No era dolor exactamente, era falta de acuerdo interno. La tierra, en cambio, parecía estar perfectamente coordinada consigo misma. Respiraba. No como metáfora poética, sino como hecho incómodamente verificable. Podía sentir el pulso debajo de ella, antiguo, lento, enorme, como si la selva tuviera un corazón que no había tenido la delicadeza de adaptarse a los ritmos más modernos del mundo. Y por momentos ese pulso coincidía con el suyo, lo cual no ayudaba a la sensación de estar completamente “en control” de la situación.
El tiempo dejó de ser lineal sin pedir permiso. No se detuvo, lo cual habría sido más fácil de explicar después, simplemente se dobló como si fuera una idea demasiado rígida para sostenerse. Las criaturas alrededor comenzaron a perder definición. Algunas desaparecían visualmente, otras simplemente dejaban de parecer necesarias en la escena, como personajes que el relato ya no requería en ese momento.
Y entonces empezó a pasar.
No era una voz. No era algo que entrara desde afuera ni algo que naciera claramente desde adentro. Era más bien como si su percepción dejara de depender del lenguaje habitual y empezara a leer otra cosa. Como si el mundo tuviera una capa más, y esa capa no estuviera hecha de sonidos ni imágenes, sino de relaciones entre cosas.
Al principio fueron fragmentos sueltos, sin orden. Sensaciones que no eran exactamente suyas, pero tampoco ajenas. Como si su mente hubiera empezado a reconocer patrones antes de tener permiso para entenderlos. Criaturas que cambiaban de forma sin perder continuidad, cuerpos que no terminaban de definirse pero tampoco colapsaban, fuerzas que se encontraban sin anularse.
“…cuando la frecuencia deje de sostenerse a sí misma…”
Y Fairy sintió que eso no era una advertencia, ni una profecía, ni siquiera una idea completa. Era más bien una descripción de algo que ya estaba ocurriendo, en algún nivel que todavía no sabía ubicar dentro de sí.
Las imágenes no eran imágenes del todo. Eran relaciones. Tensiones. Algo que su mente intentaba traducir como podía. Criaturas de doble contorno. Presencias que existían en dos direcciones al mismo tiempo sin romperse. No una contradicción, sino un estado.
“…nacerán las criaturas de doble aliento.”
Ahí su cuerpo reaccionó antes que su pensamiento. Una presión leve en el pecho, como si algo dentro de ella reconociera esa estructura antes que ella misma. No era miedo. Era reconocimiento sin contexto.
Intentó sostenerlo, pero no como quien se aferra a una visión, sino como quien intenta no perder la lógica de algo que todavía no tiene idioma.
“…en ellas, la creación y la ruptura hablarán al mismo tiempo…”
Y entonces lo entendió de la única forma posible en ese estado: no como una explicación, sino como una lectura directa de sí misma. Dos fuerzas coexistiendo sin resolverse. No en conflicto, no en armonía tampoco. Simplemente coexistiendo.
Una parte de ella que empujaba hacia la forma. Otra que la desarmaba apenas se volvía demasiado estable.
Y por primera vez no sintió que eso fuera un error.
Tampoco sintió que fuera una respuesta.
Solo sintió que era algo que estaba ahí, desde antes de que alguien intentara nombrarlo.
Esa noche no durmió.
No porque no pudiera, sino porque el descanso no terminaba de encontrar un lugar donde asentarse. Cada vez que cerraba los ojos, el mundo seguía funcionando detrás de los párpados, como si la selva hubiese dejado una especie de resonancia activa en ella. No eran sueños claros. No eran imágenes completas. Era más bien una continuidad de ese modo nuevo de percibir, como si su mente no hubiese apagado del todo una capa de lectura.
Por momentos sentía el pulso de la tierra como algo cercano, casi íntimo. No invasivo, pero persistente. Como una idea que no insiste, pero tampoco se retira. Y en ese estado intermedio, Fairy empezó a notar algo extraño: lo que antes parecía caos ahora tenía estructura. No una estructura fija, sino relacional. Todo parecía conectado por tensiones invisibles, como si el mundo no estuviera hecho de cosas, sino de vínculos entre cosas.
No entendía eso todavía. Pero lo estaba registrando.
Fairy regresó a su casa el domingo por la tarde con esa sensación difícil de explicar de cuando algo importante ya empezó a moverse, pero todavía no decidió qué forma va a tomar. Apenas entró, se dio cuenta de que necesitaba escuchar una voz conocida para aterrizar un poco, así que le escribió a Prince sin pensarlo demasiado, con una naturalidad casi engañosa: “ya estoy bien, llegué”. La respuesta llegó rápido, como si él también hubiera estado sosteniendo el aire del otro lado del mensaje. “¿Puedo verte?” escribió él, sin vueltas, y esa simple pregunta le aflojó algo en el pecho a Fairy antes de que pudiera analizarlo. “Sí”, respondió ella, y en menos de lo que su cuerpo terminó de procesar la decisión, Prince ya estaba en camino.
Cuando apareció, no lo hizo como una entrada dramática sino como una continuidad extraña del espacio. Fairy lo vio y sintió, de inmediato, que su cuerpo seguía levemente amplificado, como si el mundo todavía no hubiera bajado el volumen después de la selva. Prince aterrizó con cuidado, mirándola primero como si necesitara asegurarse de que era ella completa, no una versión intermedia. Sonrió apenas, esa sonrisa suya que no pedía permiso pero tampoco invadía, y dijo: “me alegra verte así… o sea, entera”. Fairy soltó una risa breve, ladeando la cabeza.
“¿Entera?” repitió ella, cruzándose de brazos con una suavidad que no era defensa sino juego.
“Sí,” respondió él, acercándose un poco más, “a veces no sé si volvés con todas las partes o si te quedás con algunas en otro lado”.
Fairy lo miró un segundo más de lo habitual, como si evaluara la precisión de esa frase. “Depende del día,” dijo al final, con una media sonrisa. “Hoy creo que traje la mayoría… pero no prometo nada.”
Prince soltó una risa baja, sincera, y ese sonido hizo que el aire entre los dos se sintiera menos rígido. “Eso ya es bastante tranquilizador viniendo de vos,” dijo él, y Fairy levantó una ceja.
“¿Tranquilizador?” preguntó ella, con una falsa indignación suave.
“Bueno,” dijo Prince, encogiéndose apenas de hombros, “la última vez casi me explicás la estructura del universo como si fuera un café mal hecho.”
“Era una metáfora útil,” respondió Fairy, acercándose un poco más sin darse cuenta de que lo hacía. “Además, el café estaba mal hecho.”
Se quedaron mirándose un segundo más largo del necesario, con esa familiaridad nueva que no era aún costumbre pero tampoco extrañeza. Prince bajó un poco la voz. “¿Cómo estás de verdad?” preguntó.
Fairy dudó. No porque no supiera, sino porque la respuesta no cabía del todo en el lenguaje que tenían ahí. “Estoy… distinta,” dijo finalmente. “Como si todo siguiera funcionando, pero con un eco atrás.”
Prince asintió despacio, sin intentar arreglarlo. “Eso suena… peligroso.”
“Suena a mí,” respondió ella con una media sonrisa.
La risa de Prince fue breve, pero cálida. “Eso sí es tranquilizador.”
Salieron a caminar sin mucha planificación, como si el movimiento ayudara a ordenar lo que entre ellos todavía no terminaba de asentarse. Prince hablaba más cerca de ella de lo habitual, y Fairy notó algo nuevo en esa proximidad: no era invasiva, pero sí constante, como una presencia que no necesitaba anunciarse. En un momento, él rozó apenas su mano al girarse, un contacto mínimo que, sin embargo, dejó un rastro físico extraño, como si el aire hubiera recordado esa textura un segundo más de lo normal.
“Vos estás… rara hoy,” dijo Prince, pero no como crítica, sino como observación curiosa.
“Siempre estoy rara,” respondió Fairy, mirándolo de reojo.
“Sí, pero hoy es un tipo distinto de raro,” insistió él, y sonrió. “Es como… más silencioso.”
Fairy se detuvo un instante. “Eso suena casi como un halago.”
“Depende,” dijo Prince, acercándose apenas, “¿te gusta este tipo de raro?”
Ella lo miró, esta vez sin apuro. “Todavía no lo decidí,” dijo, y la forma en que lo dijo hizo que la frase quedara suspendida entre ambos con una tensión suave, casi ligera, pero claramente presente.
Él asintió como si aceptara esa incertidumbre. “Me parece justo,” respondió.
Se quedaron un momento sin hablar, caminando muy cerca, con una sincronía que no parecía ensayada. Fairy notó que el silencio con él no era vacío, sino lleno de pequeñas presencias: su respiración, el ritmo de sus pasos, la manera en que a veces él la miraba de costado como si estuviera intentando entender algo sin pedirle traducción.
Más tarde, cuando la luz empezó a cambiar, se sentaron en un borde tranquilo de la selva. Prince la miró de reojo. “Te estuve pensando,” dijo, como si fuera algo que no había planeado decir en voz alta.
“Eso suena peligroso para los dos,” respondió Fairy, con una sonrisa leve.
Prince soltó una risa. “No, en serio,” insistió. “Pensaba en lo que me contaste. En cómo ves todo… conectado. Me hace sentir que yo estoy… más separado de lo que pensaba.”
Fairy lo observó un segundo, más suave ahora. “No estás separado,” dijo. “Solo no estás acostumbrado a sentir las conexiones.”
“¿Y vos sí?” preguntó él.
Fairy dudó, y luego sonrió apenas. “Yo no sé si estoy acostumbrada… o si simplemente no tengo otra opción.”
Prince la miró en silencio. Esta vez no respondió rápido. En vez de eso, se acercó un poco más, lo suficiente para que la distancia entre ellos dejara de ser solo física. “Me gusta estar cerca tuyo,” dijo finalmente, con una honestidad casi desarmante.
Fairy sintió el impacto de esa frase sin moverse. No era una declaración grande, pero tenía una precisión que la dejaba sin respuesta inmediata. “Eso es un problema o una ventaja?” preguntó ella al fin, con una suavidad que escondía curiosidad real.
“Todavía no lo sé,” dijo él, y sonrió apenas. “Pero por ahora no me quiero mover.”
Fairy lo miró un segundo más largo, y por primera vez no intentó traducir lo que sentía en algo claro. Solo dejó que estuviera ahí.
Cuando volvió a su casa más tarde, el aire ya no le parecía igual. No peor, no mejor, solo más sensible, como si todo estuviera un poco más cerca de su piel de lo habitual. Y por primera vez desde la selva, en vez de intentar acomodar eso en una explicación, simplemente dejó que Prince siguiera existiendo dentro de ese nuevo tipo de silencio, sin empujarlo hacia una definición.
